Opinión
Casarte (laboralmente) con quien no lo merece…
¡Buenos días! Nueva columna en el periódico, correspondiente a este 25 de abril de 2026, único e irrepetible. Espero que sea una jornada maravillosa para todos y todas ustedes y, si no es así, que por lo menos la misma no les depare demasiados problemas… Pero si estos apareciesen, y las cosas pintasen mal en este día, ojalá que por lo menos puedan pasar de puntillas por encima de ellos con los menores daños posibles… Así sea…
Conozco a pocas personas que no tengan que vender su trabajo en el mercado para conseguir su independencia económica. Ya saben, el mercado de los factores de producción —tierra, trabajo y capital— donde las familias ponemos a disposición de los empleadores —empresas y Estado— nuestra labor comprometida y capaz, obteniendo a cambio un pago llamado sueldo o salario. Pues bien, les decía que sí que conozco a quien, por su posición económica previa derivada de una situación familiar boyante, no acude a este mercado del trabajo para vender su actividad laboral, pero que son casos contados. La mayoría, y me incluyo aunque haga muchas cosas también sin cobrar nada, necesitamos realizar algo remunerado para poder mantenernos.
Muchos vamos más allá, y no sólo nos relacionamos con la empresa o entidad correspondiente para ejercitar ese toma y daca, sino que nos implicamos emocional y personalmente con lo que hacemos, a veces hasta extremos insospechados. Pero ¡cuidado!, este artículo bien puede ser un aviso a navegantes, porque hay ocasiones en que tales organizaciones no merecen nuestros desvelos y atenciones, que lo son a pesar de ser pagados por ello, porque a la primera de cambio… no tienen reparo alguno en mandarnos a casa, en ocasiones casi únicamente con una mano delante y otra detrás.
Recuerden ustedes alguna reforma laboral bastante polémica, en la que las empresas u organizaciones podían relajar los criterios para «desvincular» a una persona —así lo denominan—, pero a la que se acogieron incluso organizaciones del tercer sector y ¡organizaciones sindicales! Muchos sufrimos en carne propia ERE y procesos varios que culminaron con la salida de muchas personas de sus empresas y organizaciones, simplemente porque las mismas, ganando y teniendo resultados exitosos, no llegaban al nivel esperado de beneficio. Ciertamente, uno se casa (laboralmente) con alguien buscando cierta reciprocidad en los afectos, pero luego en ocasiones no recibe tal cariño, y sí una patada en el culo —mejor o peor, según sean las alternativas puestas encima de la mesa—, pero que en todos los casos puede llegar a lastimar bastante…
El último de los casos que parece estar aconteciendo ahora es el de la empresa matriz de aplicaciones tan conocidas como WhatsApp, Instagram y Facebook, cuyo nombre no mentaré. Alguien ha decidido en su confortable despacho que hay que prescindir del diez por ciento de su plantilla, con el fin de realizar ciertos ajustes y de desviar muchos fondos a inversiones presentes y futuras en el campo de la inteligencia artificial. Algo que se realiza después de recortes previos menores, y que en esta ocasión significa la cancelación de miles de vacantes y que ocho mil personas, algunas de ellas en nuestro país, serán invitadas a salir mediante un atento correo que los afectados recibirán en un día concreto y ya anunciado del próximo mes. ¡Viva la empatía y vivan los referidos afectos! Y, a partir de ahí, Santas Pascuas…
En fin, amigos y amigas, es el dinamismo y el progreso, dicen. Ya sé que las relaciones de hoy con las empresas no son como las de antes, mamá empresa en la que entrabas, crecías y te morías (jubilabas), y que todo es mucho más líquido hoy también en ese campo… Pero ¿tanto?… Y es que esto es gaseoso mucho más que líquido, en el sentido baumanniano de escaso nivel de interacción entre los elementos del conjunto…
Ya ven, el problema es casarse (laboralmente) con alguien, trabajar pico y pala cada día con ilusión para afianzar tal relación y… un buen día ver que te han solicitado el divorcio, que se ejecuta en tiempo récord sin siquiera poder abrir un poco la boca para formular alegaciones… ¡A la calle!, y pasamos de un número de trabajadores y trabajadoras a una fracción de ellos, aunque se siga ganando dinero y en un tiempo relativamente breve se supere con creces el número inicial de personas en la empresa. ¡Es la «felicidad» matrimonial entre organizaciones y sus personas empleadas en el siglo XXI, queridos y queridas, con declaraciones de amor finiquitadas por correo electrónico…!
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