Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Demonizar al otro: una vieja treta

Por supuesto, ningún ser humano es ilegal. Esto es lo que debería estar escrito en el frontispicio de nuestras creencias (terrenales: sin ir más allá). Las fronteras, decimos los incautos, deberían ser abolidas. Pero, al contrario, se erizan más y más: incluso literalmente, para que el extranjero se ensarte, no ya en las púas del destino, corona de espinas de los pasos fronterizos, sino en los acerados extremos de las normas, tan propias del mundo de los ricos.

Europa ha comprado la idea de algunos postulados feroces y extraños, como los campos de detención de Meloni, en gran medida inoperativos. Su propio nombre repele, aunque, al menos por lo que se refiere a Albania, también se llaman centros de internamiento. Todo suena a la peor de las historias. Si un sintagma ha de empezar por «campos de», mejor que continúe con «fútbol», o «trigo». Ni detención, ni internamiento, ni, mucho menos, concentración.

Ahora, la política antiinmigratoria se utiliza como herramienta electoral, y no sólo en Estados Unidos, sino, cada vez con más fuerza, en Europa. Para recoger el caudal de la desafección, cualquier maniqueísmo, cualquier idea simplista, tiene su utilidad. La democracia se destruye con la simpleza, en su primera acepción. Y se fortalece con la complejidad y los matices. El populismo, especialmente de naturaleza ultra, maneja la misma idea que subyace en el lema trumpiano por excelencia: America First. Por eso se ha demonizado la naturalización de tantos ciudadanos extranjeros que, en parte, sostienen segmentos necesarios en este país (como en el Reino Unido o en Francia, desde hace décadas), aceptan trabajos que otros no hacen, y, por si fuera poco, ayudan a un necesario rejuvenecimiento de la población, un asunto que algunos creen desdeñable. Sucede, sin embargo, que un país que envejece rápido, o un continente, comienza a dibujar el principio de su final.

Hay más asuntos que, convenientemente dirigidos, alimentan el vendaval antiinmigratorio: cierto empeoramiento en algunos servicios públicos, que el ciudadano paga (también hay una batalla demagógica contra los impuestos), y que afecta en gran medida a las familias no tan pudientes. Por no hablar de la vivienda, que es ahora el problema mayor. Se usa el deterioro de lo público para culpar al inmigrante, a pesar de que los datos no indican eso, ni muchísimo menos. Es la falta de inversión o el giro hacia lo privado lo que provoca ese deterioro. También de eso hay estadísticas. Hablo con gente de otros países y me dicen que esta deriva es algo estructural, por ejemplo, en Europa, donde no se han acometido políticas suficientemente dinámicas que potencien la construcción de vivienda pública y que abaraten los alquileres. Todo eso es cierto. La vida se ha hecho más difícil en poco tiempo, los alimentos se han encarecido, a veces brutalmente, y gente como Trump, al que algunos ven como redentor (¡y mártir!), contribuye a la desestabilización y al caos económico a diario, con su guerra y la de sus amigos. Sólo una derrota en noviembre podría cambiar, tal vez un poco, el rumbo de las cosas.

Los jóvenes sienten que, a pesar de la educación recibida, y a pesar del progreso, no tendrán quizás la vida de sus padres. ¿Abrazan por eso, según escucho, ideas autoritarias? ¿Para romper con todo, sin importar lo que pueda suceder? Me cuesta creerlo. ¿Triunfa la superficialidad del discurso entre los jóvenes, más preparados que nunca? Es necesario buscar las razones de lo que ocurre: tal vez todo venga de la gran inacción. La izquierda no ha sabido desmontar ciertos discursos, por más que sean elementales, o viscerales, ni ha logrado apagar ese extraño fuego antisistema que para algunos ilumina al nuevo autoritarismo. Parece el mundo al revés, pero así son las cosas.

Para un país de emigrantes como ha sido el nuestro, todo este asunto del rechazo del otro tendría que ser algo muy desagradable. Me acordé del desprecio a la criatura de Frankenstein, por su apariencia, al que la exclusión convierte en un monstruo (Víctor crea odio y desigualdad y abomina del otro que él ha construido. De hecho, le llama demon, demonio, mientras lo persigue, para eliminarlo, hasta los hielos del norte). Aunque la criatura se esforzase en aprender a hablar, y a leer libros, y a celebrar la vida campesina. E incluso quisiera formar una familia. Sobre el odio, casi todo está ya escrito.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents