Opinión
La revolución del sentido común
Un rey con fama de soso hizo notar el otro día en Washington que el ejercicio del sentido común empieza a ser revolucionario. Carlos III —el de Inglaterra— no solo le tomó el pelo con elegante ironía a su anfitrión Donald Trump, que esa es tarea fácil. Importa más el hecho de que instruyese en cuestiones de democracia al emperador de la que un día fue su colonia.
Muy mal debe de andar el mundo para que el representante de una monarquía se sienta obligado a ensalzar los valores republicanos en la casa de la más conocida de las repúblicas, con perdón de la francesa. Carlos lo hizo sin más que recurrir al fino humor británico.
El monarca recordó la importancia de que el gobierno esté sometido a controles parlamentarios y judiciales, como de hecho establece la Constitución estadounidense. Barriendo para casa, el hijo de Isabel II subrayó —sin faltar a la verdad— que la Magna Carta de Inglaterra influyó no poco en ese texto fundacional de los USA.
En esto se conoce que el sentido común ha pasado a ser una rareza. La cordura, otrora tan habitual, es un ejercicio casi subversivo en tiempos de Trump, tuitero compulsivo que apenas deja pasar día sin largar algún disparate.
Más que en Jefferson, Washington, Franklin o Madison, el emperador ahora al mando parece haberse inspirado en Groucho Marx. La política, decía el genial cómico y filósofo, es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.
Siguiendo al pie de la letra esa teoría, el presidente americano buscó un problema —y lo encontró— al desatar una guerra contra Irán. Su diagnóstico era que los ayatolas se rendirían en apenas una semana o menos, pero se equivocó. Y, para subsanar el error, creó un problema que no existía antes de que los iraníes decidieran cerrar el estrecho de Ormuz. El resultado de esa suma de despropósitos ha sido una crisis económica de alcance mundial.
Hubiera bastado una pequeña dosis de buen juicio para que el moderno Nerón ahorrase al mundo un problemón de desenlace todavía incierto. Infelizmente, Trump ha convertido la sensatez en una actitud revolucionaria propia de los rojos, los liberales, ciertos conservadores juiciosos y los enemigos de Estados Unidos en general.
Ha tenido que ser un rey, símbolo de un régimen técnicamente anacrónico como la monarquía, el que le haya recordado a Trump que el sentido común sigue siendo imprescindible para la gobernación del planeta. Lo ha hecho, además, con un refinado manejo de la ironía, que es signo delator de la inteligencia.
No está claro que el emperador, algo rudo de modales, haya entendido lo que dijo el rey Carlos. Habrá que ver su reacción cuando alguno de sus consejeros se atreva a explicarle las sutiles bromas del monarca. Igual decrece su fascinación por la realeza.
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