Opinión
El amargado
Buen día en este miércoles de un mayo un tanto invernal, al menos a la hora de esbozar estas líneas el día anterior… No se apuren, si son ustedes de los que les gusta el sol y el calor, que seguro que este llegará de nuevo antes de lo que se imaginan... Pero es importante también que llueva, para mantener esta Galicia tan verde y a la vez tan poco preparada para resistir cuando el líquido elemento caído del cielo se hace escaso… Y es que no olviden que aquí los sistemas de regadío son prácticamente inexistentes, y que cuando las precipitaciones se hacen desear enseguida pueden peligrar tanto las cosechas como el abastecimiento y el paisaje, así como el propio equilibrio de los ecosistemas… O sea que… llueva o no, luzcan su mejor cara y… sonrían, y disfruten de lo que venga.
Dicho lo anterior, entiendo perfectamente que algunos de ustedes sean más de sol y otros no. Algunos buscarán cualquier momento para, si se tercia, exponerse cuan poiquilotermos lagartos —con las debidas precauciones— al astro rey. Y otros preferirán el fresquito. Todo tiene cabida aquí y todo suma, porque la diversidad es uno de los pilares básicos sobre el que edificar cualquier sociedad sana, desde el respeto y siendo conscientes de que es imposible calzarse los zapatos del otro. Creo que una pretendida homogeneidad sin fisuras es siempre una impostura, incluso en los partidos políticos, donde pareciese muchas veces no existir la menor discrepancia, lo que les aleja del mundo real… Para mí todo es relativo, en un contexto de respeto, salvo las cuestiones que tienen que ver con los derechos más elementales de las personas.
En fin, pero no nos metamos hoy con la política y vayamos a otras cuestiones. El caso es que la reflexión anterior sobre mi querida y respetada pluralidad viene al caso después de un diálogo un tanto inconexo que mantuve el otro día con un grupo de alumnos y alumnas en torno a los quince años. Aconteció ante la inminencia de un fin de semana de relumbrón en el panorama festivo de la comarca en la que viven, muy esperado durante todo el año y con la presencia de las orquestas más afamadas y un buen número de atracciones de toda índole…
«Irás por las fiestas, ¿no?». Yo: «Ni de broma». «¿Pero por qué?». «Pues porque nunca me han gustado y siguen sin interesarme»… «Pero… no es posible, ¡si son fantásticas!». «Claro que sí, para ti… Y estoy seguro de que para muchas personas»… «Claro»… «Pero para otras no». «¿No?». «No»… «Pues no sé por qué». «Pues quizá no hay un motivo claro ni tienes que entenderlo. Hay cosas que a unos les motivan y a otros no. Para gustos se pintan colores»…
Así seguimos, y les confieso que los chicos y chicas en cuestión terminaron llamándome amargado —supongo que sin demasiada acritud— por no interesarme mover el cuerpo delante de un palco vibrante y un sonido ensordecedor, ya de noche, en medio del gentío animado en buena parte por una indeterminada ingesta alcohólica. «No sabes disfrutar». «Pues quizá para mí disfrutar sea leer un libro bajo un árbol, o dar un paseo, o escuchar otro tipo de música en casa, o una buena conversación». Aquí uno de los chavales me echó un cable, afirmando a su vez que no le chistaba mucho la cuestión de la verbena: «Bueno, yo saldré al monte con los perros». «Pues también»…
El problema no es la fiesta, o el tipo de fiesta en sí, en este caso en formato verbena, sino la enorme presión de grupo hacia un pensamiento único. Pareciese que los niños o niñas que no van a la verbena fuesen, literalmente, extraterrestres. Y los que no entren en el rito iniciático del alcohol, tontos además… Y eso es ante lo que yo me rebelo… La verbena en sí no es ni buena ni mala… pero tiene que apetecerte para que la consideres una prioridad. Y, si no es así, es fantástico que los más jóvenes tengan habilidades para expresarlo, sin complejos ni problemas añadidos, buscando un ocio y unos propósitos acordes con sus intereses y personalidad.
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