Opinión | Crónicas galantes
La buena gente de Rodeiro, vila morena
Años atrás se decía que iban a venir los rojos a quedarse con nuestras vaquiñas. Ahora son los inmigrantes quienes nos van a robar los empleos. Siempre hay alguien que está a punto de quitarnos algo, lo que, si bien se mira, ha de ser motivo de satisfacción. Si tantas cosas nos quieren arrebatar, es que vamos sobrados de todo.
Por fortuna aún queda gente como la de Rodeiro, que además de carecer de prejuicios contra los que llegan de fuera, acaba de demostrar un confortador grado de bondad. Los cambotes —que tal es el gentilicio de los de Rodeiro— reunieron en apenas veinticuatro horas la suma necesaria para repatriar el cadáver de uno de sus convecinos a su tierra originaria de Senegal. Ya le habían acompañado en el infortunio de sus últimos días, proporcionándole comida, medicinas y afecto.
El senegalés, y gallego, y ciudadano del mundo Samba Coumba se había ganado el cariño de todos en esa villa de la Galicia que adjetivan a veces de profunda; no se sabe muy bien por qué.
Profunda ha sido, en todo caso, la solidaridad de los poco más de 2.000 vecinos de Rodeiro que se apresuraron a juntar ocho mil euros en solo un día de colecta. Aún sobró del gasto algún dinero para enviar a los familiares de Samba.
Las buenas noticias no son noticia, lo que acaso explique la escasa difusión que ha tenido esta. Será que abundan en la actual España del cabreo los políticos con muchos fans que no paran de distinguir a la «gente de bien» de la que, en su opinión, no lo es por el mero hecho de no haber nacido aquí. Quizá pretendan decir simplemente «gente bien» y se les haya colado una preposición por el medio.
El caso de Rodeiro, con su ternura de cuento de Dickens, ha venido a contradecir a los cabreados. Gente buena era el inmigrante que se ganó el aprecio de sus vecinos hasta ser un cambote más. Buenos y generosos son también, como se ha visto, los gallegos autóctonos de Rodeiro que no entienden de colores de piel ni de costumbres distintas, sino de mera humanidad.
Algo habrá influido en esa sensibilidad el hecho de que los gallegos emigrasen en masa durante siglo y medio a las Américas, a Europa y a cualquier lugar del planeta donde hubiera trabajo o posibilidades de montar un negocio. Fue una experiencia a menudo dura en la que conocieron las desdichas de ser un migrante, como los que ahora llegan a España buscando una vida mejor.
A fuerza de trotar países y continentes, los gallegos se han hecho gente de mundo, poco dada a menospreciar a los extranjeros que ellos fueron en su día.
Baste para confirmarlo la lección de universalidad que acaban de dar los vecinos de la inesperadamente cosmopolita villa de Rodeiro. Una Grándola gallega, como la de José Afonso, donde hay en cada esquina un amigo y en cada rostro, solidaridad.
Digan lo que digan los cenizos, hay muchas Grándolas en el mundo.
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