Opinión
¿Qué fue de la gaviota navajera?
Cuando vi a esa gaviota paseándose por la plaza con la mirada afilada y el pico pinzando el mango de un cuchillo de sierra, pensé: «Vale, ha llegado el momento: ya están aquí».
Ese pájaro con la navaja atravesada era para mí lo mismo que el oscurecimiento del sol o la caída de las estrellas para cualquier incondicional de algún culto evangélico: una señal. El anticristo, el falso mesías, podría ser tanto Trump como el frutero fachilla. Lo que tuve claro es que el Armagedón estaba cerca.
Esta semana se cumple el aniversario del avistamiento de la gaviota navajera en el casco viejo vigués, capturada por una periodista del Faro de Vigo y viralizada. Tiene mérito que nos acordemos de ella, porque los memes duran un minuto y no todo un año.
El relato lo tiene todo. Los hechos acaecieron el 2 de mayo en la plaza de la Pedra, donde Lara Graña tomaba un aperitivo en un barril de la Taberna Sopapo. La vocación de una periodista nunca duerme, así que sacó el móvil y disparó. La instantánea llegó al periódico, cuyos lectores bromearon poniéndole pies de fotos como «Las patatillas o la vida». Y de ahí saltó a los noticieros estatales. Pero durante estos meses han pasado más cosas: un paisano se la tatuó en el gemelo, abundaron los memes, el Celta creó merchandising. Incluso se internacionalizó: en Arles, ha sido avistada en pegatinas en contra de la gentrificación.
Pero la imagen de esta Jack the Ripper avícola es importante por cómo sintetiza nuestros tiempos. Primero porque lo segundo que me planteé fue si era una imagen generada por IA, lo cual demuestra que vivimos en un mundo en el que la frontera que deslindaba realidad y ficción se ha borrado. Segundo, porque son tiempos de terraplanistas en los que hay grupos que bromean defendiendo que las aves no existen (son drones). Tercero, por la lectura ecologista: pensé que esa gaviotilla (gaviota + El Vaquilla) podría encajar en la distopía de un planeta agonizante que se rebela a través de animales que toman las armas. De hecho, recordé esos carteles con mensajes como: «Cuidado, peligro de ataque. Las gaviotas quieren tu comida», con un triángulo enmarcando una gaviota con un bocadillo en el pico. Cuarto, porque la imagen fue deglutida a base de memes, como sucede con las cosas más alarmantes de nuestro mundo. Quinto, porque para mí esa gaviota (recordemos el papel de las aves en el imaginario totalitario) representa el avance de los nuevos pensamientos fascistas (sin ir más lejos, Éric Cantona, tras darle un patadón de karate a un hooligan nazi, dio una rueda de prensa donde dijo: «Cuando las gaviotas siguen al pesquero, es porque piensan que serán arrojadas sardinas al mar»).
Las gaviotas, en mi infancia, significaban otra cosa. La primera novela que me regalaron fue una historia de tintes hippies titulada Juan Salvador Gaviota, en la que leí: «Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer. Para esta gaviota, no era comer lo que importaba, sino volar». Pero son otros tiempos y las señales nos sobrevuelan. Hace semanas, un papel en el ascensor avisaba a los vecinos de mi finca de que no subieran a la azotea porque las gaviotas se lanzaban en picado sobre cráneos humanos.
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