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Opinión | Shikamoo, construir en positivo

El virus, sus posibles recombinaciones, la estrategia y la ética

Buenos días, queridos amigos y amigas. Seguimos en contacto, comentando algunas de las cuitas a las que nos enfrentamos como grupo humano y muy atentos a lo que acontece a nuestro alrededor. Y, en ese sentido, no podemos permanecer ajenos al tema que todo lo eclipsa estos días, que tiene que ver con lo relacionado con la infección por hantavirus registrada en pasajeros del crucero MV Hondius, que desgraciadamente se ha cobrado ya algunas vidas. Sobre esto les ofrezco la columna de hoy.

Y lo hago asumiendo todos los postulados esgrimidos por la ciencia, tanto en cuanto a la etiología de la infección como a sus posibles consecuencias. Efectivamente, el virus tiene amplia trayectoria en otras latitudes, y sobre él se conoce mucho. La única duda que me quedaría, siempre existente cuando se habla de estas microscópicas entidades llamadas virus, es la relativa a una posible recombinación. Ya saben, cuando en un mismo hospedador coincide más de un virus, es posible que se reorganicen sus cadenas de ARN o ADN, según el caso, y se produzca un nuevo patógeno. Y el resultado del mismo siempre es un tanto incierto: desde su total inocuidad hasta muy altas cotas de contagiosidad, letalidad o ambas a la vez… Al observar las tasas de contagio actualmente descritas, para las que en teoría haría falta un contacto estrecho, queda la duda de si a lo que nos enfrentamos es al hantavirus clásico o, quién sabe, ya al producto de alguna de estas evoluciones a posteriori del mismo… Habrá que esperar a que los técnicos en la materia puedan recabar datos suficientes para que los mismos puedan llegar a conclusiones con garantías.

En cualquier caso, la estrategia de la Organización Mundial de la Salud pasa por minimizar cualquier nuevo posible contagio, reduciendo así tanto la posibilidad de enfermedad y de extensión del brote, como de la aparición de virus recombinados. Es lo que nos queda: hacer bien las cosas y tratar de contener tanto el problema sanitario en sí como las múltiples consecuencias en términos de desinformación, pánico infundado, guerra política o incluso a quien trate de arrimar el ascua a su sardina para sacar réditos por lo que hicieron o no hicieron los otros… Ya saben, algo tristemente habitual y cotidiano aquí, de la mano de argumentarios afinados no tanto para resolver problemas como para lastimar al de enfrente en términos electoralistas, cueste lo que cueste y sin importan lo que se puedan llevar por delante...

En todo caso, la ética es importante a la hora de acercarnos a esta cuestión, ya desde el principio. Como, por ejemplo, ante la necesidad de enfrentarse al problema, como efectivamente ha hecho nuestro país, sin rehuir la patata caliente ni poner innecesarias trabas, cumpliendo escrupulosamente con los compromisos inherentes a la adhesión a Tratados de los que otros, y léase Estados Unidos o Argentina, se habían apeado en los últimos tiempos. La ética está presente también en el trato dispensado a los seres humanos afectados, o en el abordaje de cuestiones como la acción del Gobierno y su presencia al máximo nivel. Tomen nota ustedes de que, en este caso, han sido tres los ministros que han estado a pie de obra desde el principio, siempre acompañados de la máxima autoridad mundial en materia de salud y prevención de pandemias, el director general de la OMS. ¡Chapeau!

Hay más espacio todavía para una visión ética en relación con este tema… Por ejemplo, en lo que tiene que ver con las enfermedades propias de países con pocos recursos, que siempre quedan en el furgón de cola de la investigación… Y es que no es de recibo que sean siempre empresas privadas las que prioricen o no en función de sus criterios ligados al negocio qué se investiga y qué no. Creo que la crisis del Covid-19 nos demostró a todos y a todas lo importante que son las respuestas globales a los problemas comunes, mucho más allá de la economía y sus veleidades. Y, en tal sentido, cualquier virus que no tenga adecuada respuesta es una amenaza para la Humanidad entera, independientemente de que haya afectado hasta ahora solamente a quien no tiene recursos. Ya no por ética, por solidaridad o por empatía —que ya deberían ser suficientes—, pero aunque sea solamente por interés, la comunidad internacional debería articular las vías para financiar la investigación sobre patologías que matan, pero que permanecen al margen del inmenso caudal de recursos dedicados a las patologías de los pueblos mejor posicionados…

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