Opinión
El incordio de las mareas rojas
Una marea roja afecta a Galicia en estos días, pero no es lo que parece. Ni los rojos más colorados ni los de camisa azul tienen particular audiencia en este viejo reino, donde la gente tiende al sosiego en cuestión de ideas. No hay soviéticos en la costa.
Otra cosa son los mejillones, víctimas habituales de cierta toxina diarreica que, una vez más, ha forzado el cierre preventivo de la mayoría de las bateas del país. Es una garantía para el consumidor y a la vez una desgracia para los mejilloneros, que últimamente son peritos en desventuras.
No por repetido el fenómeno deja de ser un incordio para la industria mejillonera de Galicia, que es líder en Europa y compite con China por el primer puesto del mundo en cantidad. En calidad no hay color, naturalmente.
A estos episodios que afligen periódicamente a las rías hemos dado en llamarlos con la expresión coloquial de «mareas rojas». Más exacto sería el concepto de floraciones algales nocivas, pero el anterior, más sonoro, es el de uso popular.
El caso es que la purga de mar ha dejado temporalmente fuera de combate a la mayoría de las bateas, pacífica Armada de 3.400 naves en las que se cría el mejillón. El culpable es un bichito de una sola célula de la estirpe de los dinoflagelados.
Sorprende que un organismo en apariencia tan insignificante dañe de tal modo a toda una industria de primera línea mundial como la del mejillón gallego; pero estos son misterios propios de la naturaleza. La razón estriba en que, una vez introducido en el bivalvo, puede producir incómodos efectos en el intestino de los humanos.
Uno ha bromeado a veces en estas croniquillas con la sospecha de que estas purgas sean el castigo a los pecados de gula y lujuria en los que incurrimos, sin pretenderlo, los gallegos. Nos pierde la devoción al molusco y sus sugerentes formas.
Nadie ignora, desde luego, que los mejillones y otros bivalvos, ahora en cuarentena, recuerdan la forma del pubis o monte de Venus, diosa romana de la lascivia que emergió del mar precisamente en una concha de vieira.
Tampoco hará falta sugerir que un mejillón abierto entre sus dos valvas evoca la imagen de cierto órgano femenino situado precisamente bajo el monte de Venus. No hablemos ya de los percebes, que en su variedad más apreciada reciben la denominación de «carallo de home» en justo homenaje a su calibre.
Dadas esas similitudes, parecía inevitable que tanta afición al erotismo gastronómico tuviera su penitencia. Si los placeres de la lujuria pueden acarrear enfermedades de Venus (o venéreas), los de la gula se pagaban a veces con desórdenes diarreicos en la parte del vientre. Las medidas de cierre evitan por fortuna ese riesgo.
Infelizmente, el desastre económico provocado por mareas y purgas invita a no bromear sobre el asunto. No están para guasas las víctimas de este desastre financiero.
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