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Opinión

Un invitado indeseado a bordo

Acostumbrados a vivir con el corazón en un puño, que es como se vive ahora (y también en el pasado, tantas veces), la travesía del Hondius hasta alcanzar las costas de Tenerife se ha adueñado de inmediato de todos los titulares, nacionales y extranjeros. Como no podría ser de otra manera, añadiría alguien. Es una frase manida, ya saben. Ni Trump y sus ocurrencias, y sus mensajes de medianoche, ni siquiera los males de las guerras en curso (la de Irán-Ormuz, un tanto en stand by, aunque vaya usted a saber) han podido con la potencia informativa del hantavirus. Porque el miedo al virus, o sea, al contagio letal, forma parte de los grandes temores del presente. Precisamente porque pensábamos que eso era cosa de otro tiempo. El mundo contemporáneo, con su supuesta pulcritud y su tecnología total, no puede pensar demasiado en roedores, potenciales transmisores de cola larga (y mucha cola que traerá el asunto), como también se nos hacía rara la idea del murciélago o del pangolín, cuando se trataba de explicar el origen del covid.

Pero, a pesar de todo el avance científico, los organismos microscópicos están ahí, nunca han dejado de estar, aunque ahora los conozcamos mucho mejor (salvo novedades), y tengamos más medios contra ellos. La alarmante noticia de que algunos antibióticos puedan ser menos eficaces contra cepas resistentes ha servido para construir relatos de ficción científica que, como pasaba en Frankenstein, o en Drácula, beben del conocimiento. Stoker, por ejemplo, jugaba con el folclore de los Cárpatos y la tradición de Vlad el Empalador, pero al tiempo se extendió la creencia de que la porfiria coincidía exactamente con algunos ingredientes propios del mundo vampírico, no sólo los desórdenes mentales y las locuras más o menos transitorias, sino otros más palpables, como la desfiguración del rostro, lo que quizás provocaba gran aversión por los espejos, claro. Por no hablar de la presencia de componentes sulfurados en los ajos, que, al parecer, agravarían el estado de salud de los que padecían porfiria, aquella enfermedad del rey Jorge III. El azufre, por otra parte, siempre ha tenido conexiones demoniacas. Y el ajo, ya puestos, se ha considerado un eficaz repelente. Y no sólo de los vampiros.

El hantavirus (la mayoría no conocía esta denominación, creo, aunque de pronto su nombre ya es tan popular como lo fue el covid) se ha convertido, mediante este miedo globalizado y la experiencia reciente de la pandemia, en algo así como una gran amenaza que navegaba por los mares, tipo bomba de relojería para algunos, y, lo que es peor, que se acercaba a España. Más allá de los intereses políticos, no hay duda de que los virus (la guerra biológica, por ejemplo, es un viejo tema, recurrente y distópico) constituyen uno de esos asuntos que preocupan a la humanidad, por más que vivamos en un tiempo de enorme desarrollo científico. Preocupan, y no sin razón.

Por eso el Hondius, crucero de lujo (se subrayaba una y otra vez, quizás para compensar la atribución del contagio a la transmisión a partir de los roedores), se convirtió en objeto preferente de nuestra mirada: ese barco quizás en grave peligro, solitario en la inmensidad del Atlántico. Supimos cada detalle de sus movimientos, el mundo lo escrutaba (y poderlo hacer daba tranquilidad). Como bien escribió Santiago Alba, en un excelente artículo en El País, el asunto tenía algo de Alien, el octavo pasajero, aunque el bicho no fuera un extraterrestre. Simplemente era lo que no debería estar ahí. El invitado indeseado a bordo. Y el barco era esa cápsula, un poco como en la Oda del Viejo Marinero, donde la muerte podía abrirse camino (algunos pasajeros murieron) y donde nos jugábamos nuestro prestigio.

En fin, creo que, ante asunto tan engorroso, los esfuerzos han sido múltiples y el despliegue llevado a cabo, con repercusiones internacionales (había ciudadanos de varios países), ha sido ejecutado con precisión y profesionalidad. Como no podría ser de otra manera, añadiría yo ahora. Pero esta vez no es una afirmación manida: es lo que se espera de un país aún con tan buena sanidad pública (por eso hay que luchar por ella a brazo partido), y con numerosa práctica en emergencias, propias y ajenas. Estas cosas son una prioridad, aunque nos traigan, y lo decía bien Santiago Alba, el recuerdo de todos esos barcos errantes, a los que algunos ven como apestados desde el origen, aunque no tengan otro virus que el de la pobreza. Ojalá que lo que ha sucedido con este crucero nos abra los ojos sobre la importancia de la solidaridad, de apoyar el desarrollo científico y la sanidad pública, y de la necesidad de no ver a los otros como apestados que vienen a contagiarnos.

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