Opinión | Crónicas galantes
Moreno Bonilla, al lío
Lo que prueba todo esto, las elecciones andaluzas y tal, es que resulta muy difícil ser moderado, o incluso parecerlo. El moderado es hoy una especie en extinción, un raro en la política y en la vida, porque son tiempos extremados y trumpianos, y Trump es lo más alejado que veo yo de la moderación. El moderado es visto como blando, como buenista, incluso como un tipo algo cultural, sin pasarse, que es un adjetivo descalificativo de los peores, con el gran elogio que hacen algunos de la ignorancia. Al moderado se le mira con cierta lástima, con poca comprensión, también te digo. Si vas de moderado no te quejes. Ya sabes a lo que te expones. Hay tipos muy duros ahí fuera.
A Moreno Bonilla se le tiene por moderado, aunque fue el primero que pactó con Vox, en enero de 2019, cuando todo cambió después de 36 años de gobiernos socialistas. Fue aquel un difícil equilibrio, con Ciudadanos, con Vox de apoyo, y se hablaba de Vox como una voz nueva que irrumpía por el sur. Pero el talante de Bonilla, como decía Zapatero, que fue el inventor del talante contemporáneo, siempre ha sido el de un chico bueno y educado en las formas (eso hoy no es moco de pavo), bien vestido, pero sin estridencias, muy de esa media tarde sevillí en la que el tiempo se hace denso y amable, donde las formas cuentan como cuenta el estilo sobre el albero, la dulzura de los parques con resabios de tiempos coloniales, los viejos edificios queridos, como la Fábrica de Tabacos, el viejo perfume del oro de los sueños. Y así.
Moreno Bonilla ha ganado, pero menos, y él lo sabe. Hay una diferencia sustancial, y es que Abascal, bueno, su candidato, mete baza en San Telmo, en la misma medida, o casi, que en otras elecciones autonómicas anteriores, lo que supone una incomodidad para los populares, como el propio Bonilla dijo una y mil veces durante la campaña. «No nos metamos en un lío», dijo, más o menos, sin muchos disimulos, viéndolas venir, ante el cabreo de la ultraderecha. No me extraña que el candidato de Vox, Gavira, celebrara el moderado (este sí) aumento de su partido como una gran victoria estratégica. Y Abascal lo subrayó: «Lo hemos logrado». ¿Qué lograron? Hacer que Bonilla no pueda ir tan fácilmente de moderado, sin duda su papel favorito.
Moreno Bonilla ha pasado la resaca electoral, esa victoria de sobresaliente que no llega a matrícula, como él la definió, rumiando la posibilidad de gobernar en solitario, como si nada hubiera pasado, apoyado en lo que parece ahora una inmensa minoría. Nadie sabe lo que sucederá, aunque lo peor para él podría venir de que Vox se empecine en dar prioridad a la Prioridad, ya saben, una etiqueta que repiten sin cesar, y que viene a ser como un America First, aunque la idea, el concepto, o sea, venga mayormente de Francia.
Los socialistas se enfrentaban a una derrota anunciada. Y la derrota se ha cumplido. Ni un pero a las encuestas ni a las prospectivas, y eso que la izquierda agitó el voto, pero fue la otra izquierda. Adelante Andalucía ha llamado la atención por sus logros (ellos sí que lo han logrado) y por lo que su aumento exponencial encierra: ¿el voto joven de izquierdas que despierta? ¿Son los causantes indirectos, y no Vox, y, desde luego, no el PSOE, de que el alza de votantes privara a Bonilla de la mayoría absoluta? Eso mismo dijo el candidato de Adelante Andalucía. Ellos, dicen, han movido el mapa.
La otra gran lectura de los comicios andaluces es su proyección nacional. Andalucía es una autonomía gigantesca y lo que pasa en ella influye decisivamente en el panorama de todo el país. Pero ¿cuánto? 2027 aún está lejos y Sánchez confía en el valor de esa distancia. Muchos politólogos y estudiosos han concluido que el casting socialista, en casi todas las autonómicas, era quizás mejorable, como los resultados demuestran, por mucho que algunos candidatos tuvieran un gran peso en el gobierno central. O precisamente por ello. Montero se enfrentó a un escenario muy difícil que espera revertir, alejándose ahora de Madrid. Nadie sabe hacia dónde soplará el viento. Sánchez y Feijóo contemplan la escena, esperando que ni la derrota de Montero ni la victoria incompleta de Moreno signifique nada definitivo. El asunto de la moderación vuelve a escena. Para ambos. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo lidiar con las difíciles coaliciones? Sánchez nunca baja la guardia, pero ¿cómo recuperar el terreno perdido? ¿Puede Vox complicar la vida a Feijóo en este año que se avecina, en esta partida de ajedrez? Y Ayuso, ¿qué? n
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