Opinión | Shikamoo, construir en positivo
Luz, sombras, democracia y un baño de realidad
Hay días en los que la actualidad parece escrita por un guionista con exceso de cafeína y amante de los golpes de efecto. Ayer, cuando escribí estas letras después de haber consultado las fluctuaciones diarias del precio de la electricidad, el país entero seguía discutiendo sobre sombras, sospechas y crispaciones que no iluminan nada, y que parecen estar más orientadas al consumo propio, disfrute o agobio de los unos y los otros —ya me entienden— que para arreglar nuestros sempiternos problemas. Con los datos del mercado mayorista de la electricidad todavía en el recuerdo, la actualidad se me antoja ser una metáfora demasiado evidente como para ignorarla: la energía y su coste, que en el fondo arrastra a todo lo demás, nos mantienen en vilo, pero la tensión aquí siempre sube… Y sube, y sube…
Con todo, y como consecuencia de ello, la convivencia se enrarece. El clima político, judicial y mediático se recalienta como si estuviésemos ya en pleno agosto. Y eso que el termómetro ya marca temperaturas de récord en media España, con Badajoz y Ourense compitiendo por ver quién llega antes a los 38 grados. El país se asa por fuera y se crispa por dentro. Un caldo de cultivo fantástico, por cierto, para quien propone paradigmas antes jamás imaginados en cuestión electoral.
La noticia del día sigue siendo la del ruido que rodea la investigación sobre las presuntas actividades de José Luis Rodríguez Zapatero y el bloqueo de sus cuentas. No entraré en juicios
—para eso están los jueces—, pero sí en la sensación de que cada episodio político se convierte en un arma arrojadiza antes incluso de que se conozcan los hechos. Es como si hubiésemos olvidado que la justicia tiene tiempos, y que la democracia necesita pausas, matices y silencios. Muchos silencios. Pero no, esto parece un patio de colegio, lleno de algarabía. Y, así, vivimos en la era del titular inmediato, del juicio exprés, del «yo ya lo sabía» aunque nadie sepa nada. Y así, queridos y queridas es difícil construir en positivo.
Porque construir en positivo exige algo que escasea más que la energía barata: confianza. Confianza en las instituciones, en los procedimientos, en la palabra del otro. Confianza en que no todo es una conspiración ni un ataque personal. Confianza en que el país no es un tablero de ajedrez donde cada movimiento busca derribar al contrario, sino un espacio común donde, de vez en cuando, conviene levantar la vista y recordar que compartimos más de lo que nos separa. Pero claro, eso no da clics, no genera ruido, no alimenta tertulias. Y sin ruido parece que no existimos. Aquí lo que vende son las tertulias, los mentideros y sus espacios de poder, las filias y las fobias, los off the record y mucho, mucho, mucho ruido… Y eso cansa. Quien haya cometido acciones ilícitas que lo pague, sea quien sea e independientemente de su valor en otros ámbitos. Pero protéjase también la presunción de inocencia, y que sea la Justicia la que tenga el protagonismo de investigar, dilucidar y sentenciar. Y ya está. Poco más…
Por mucho que el sol brille estos días, las sombras se acrecientan. Pero no hablo de las del próximo eclipse, que para eso ya habrá tiempo. Me refiero a la sombra política, y también a esa sombra emocional que se instala cuando dejamos que la crispación marque el ritmo de nuestras conversaciones. En Galicia sabemos mucho de sombras: las de los hórreos, las de los carballos, las de las tardes que se nublan sin avisar. Pero también sabemos que ninguna sombra es eterna. Que incluso en los días más grises hay un rayo que se cuela entre las nubes. Y que, si uno quiere, siempre puede encender una pequeña luz, aunque sea simbólica.
Ante el avance de las sombras, hay que poner remedio. Encendiendo, por ejemplo, la conversación pausada, la escucha atenta, la voluntad de entender al otro sin convertirlo en enemigo. Teniendo memoria con patas un poquito más largas de lo que pretenden algunos partidos interesados en aprovecharlo todo para arrimar el ascua a la sardina y, hablando de tal memoria, también activando el recuerdo de que este país ha salido de situaciones mucho peores cuando ha decidido caminar de forma conjunta, aunque fuese a trompicones. Encender, en definitiva, la posibilidad de que la luz no solo ilumine las casas, sino también las miradas.
Necesitamos bajar un poco el volumen del ruido político. E iluminar —aunque sea un poco— la convivencia. No es ingenuidad; es necesidad. Y también es oficio. El oficio tan denostado, tan poco de moda y tan poco valorado de intentar construir en positivo, que no consiste en negar los problemas, sino en no dejar que estos nos definan y terminen arruinándolo todo. No podemos permitir que la sombra, y la sombra interesada, que no chinesca, sea más grande que la luz. Necesitamos recordar que, incluso en días como estos, siempre hay margen para encender algo bueno…
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