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Opinión | EDITORIAL LA OPINIÓN

A Coruña

El premio a no rendirse nunca

Equipo celebrando el ascenso

Equipo celebrando el ascenso / CARLOS PARDELLAS

Ocho años después el Deportivo regresa a la Primera División del fútbol español, recuperando el lugar al que pertenece por un palmarés que lo incluye en el club de los únicos nueve equipos que han levantado un título de campeón de Liga en toda la historia. La victoria en Valladolid generó un estallido de júbilo en una afición que ha convertido los años de penurias en un ejercicio de resiliencia y demostración de fidelidad a los colores blanquiazules.

El ascenso constituye el segundo gran momento de la generación de barro tras la vuelta a Segunda División hace dos temporadas que certificó el ya mítico gol de Lucas Pérez. Curiosamente, el héroe de ayer en Zorrilla fue Bil, un jugador que se unió hace poco a la cantera del Dépor, pero que en los últimos partidos logró consolidarse como titular en el equipo de Hidalgo. Otro mensaje de un cambio de mentalidad en el club deportivista, donde el Fabril, que ha vivido una temporada histórica, constituye una verdadera cantera para alimentar el primer equipo, como demuestran Yeremay, Villares, Mella, Dani Barcia o Noé Carrillo.

El Dépor experimentó la humillación de descender a las catacumbas de la Primera RFEF, fuera del fútbol profesional, como el hidalgo del Lazarillo de Tormes que combate su pobreza con recuerdos del pasado. El rescate económico de Abanca y la gestión deportiva, con el impulso a una ambiciosa ciudad deportiva y el rechazo a millonarias ofertas por sus mejores jugadores como grandes símbolos, han logrado el objetivo de competir de nuevo en la máxima categoría del fútbol español, pero ha sido la afición la que ha sustentado al equipo, con desplazamientos masivos a campos de fútbol amateur, siempre con la cabeza alta a pesar de los disgustos. Sin dudar, sin pestañear, rozando los llenos en Riazor casi todos los partidos en casa, superando el público de muchos equipos de Primera.

Gran parte de los aficionados que este domingo se desplazaron a Valladolid —incomprensible que hubiese decenas de asientos vacíos a pesar de la gran demanda de entradas— o que vivieron en sus casas o en bares el partido solo conocen esta longa noite de pedra que finalizó ayer porque el Súper Dépor, el gol de Alfredo, el Centenariazo o las noches de gloria de Champions constituyen leyendas contadas por sus padres, madres o hermanos mayores.

Por ello, el ascenso de este domingo pellizca de emoción los corazones de los seguidores blanquiazules —en la ciudad y fuera de ella— y causa respeto en el mundo del fútbol. A quienes despreciaban a los aficionados asegurando que el bum del Dépor se debía al seguidismo tradicional al éxito la generación de barro les ha respondido con una demostración de fidelidad que remite a un fútbol pasado cada día más lejano. A los valores. Al sentido de comunidad, de pertenencia. Pero no solo ellos. También los aficionados veteranos que no titubearon en apoyar el equipo en sus peores momentos. Siempre blanquiazules.

Frente a las estrategias pensadas en mercados televisivos o competiciones adecuadas a las grandes marcas, la afición del Dépor traslada un mensaje diferente, emotivo y valiente: no rendirse jamás.

«Lo que finalmente sé con mayor certeza respecto a la moral y a las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol», dejó escrito Albert Camus (aunque en lugar de la palabra fútbol nombrase a su club). Parafraseando al premio Nobel, podríamos sostener que el ascenso del Dépor nos enseña un camino de lucha incansable en los malos momentos, un mensaje más valioso si cabe entre los más jóvenes en unos tiempos donde parece ensalzarse únicamente el éxito. También muestra que riqueza —los títulos, los partidos de Champions, la presencia en la élite— y pobreza —fuera del fútbol profesional— mantienen un nexo de unión: se disfrutan más y se sufren menos si se comparten. Como los años de barro y los días de gloria.

Hemos vuelto.

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