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Opinión | Gárgolas

Babel y el temor de Dios

El Génesis está lleno de una violencia divina que da miedo. Más allá de la descripción de la creación del mundo, el episodio del arca de Noé, verdadero reinicio de la historia, esconde una crueldad extrema. El diluvio proviene de la constatación de «la malicia de los hombres», de modo que el castigo de Dios es «exterminarlos de la tierra». Se lo repensó y embarcó a Noé en la aventura que ya sabemos y estableció una alianza con el patriarca, aunque «el corazón del hombre está inclinado al mal desde su juventud». Es decir, Dios no confiaba para nada en su propia creación. De repente, nos encontramos encarados a la construcción de la torre de Babel. Sin más preámbulos sabemos que «en toda la tierra se hablaba una sola lengua y se utilizaban las mismas palabras».

Las lecturas sobre Babel nos informan de una cuestión básica. El hecho de que Dios destrozara aquella unidad lingüística que permitía la obra de la torre (edificar para no vivir dispersos y tener conciencia de la propia identidad) creó la multiplicidad de las lenguas, es decir, «la confusión».

Steiner habla de la «paradoja de Babel», porque es justamente en la dispersión donde nace la necesidad de la traducción, es decir, la posibilidad del lenguaje y la cultura. De hecho, Babel es la constatación del temor de Dios ante el hombre que ha creado: «Todos forman un solo pueblo y hablan una sola lengua. Si esta es la primera obra que emprenden, desde ahora ninguno de sus proyectos estará fuera de su alcance».

Es un castigo preventivo porque Dios teme lo que pueden llegar a hacer aquellos hombres que habían aprendido a «hacer ladrillos y a cocerlos en el horno».

En la encíclica Magnifica Humanitas, ciertamente un documento espléndido, repleto de reflexiones sensatas y en combate no contra la tecnología, sino contra su uso malévolo, deshumanizador, León XIV trenza el discurso a partir de la dicotomía entre «el síndrome de Babel» y la «vía Nehemías», el judío que rehace la muralla de Jerusalén, «gracias a la responsabilidad compartida con todo el pueblo». Babel es «homogeneización», la «uniformidad que borra las diferencias», mientras que Nehemías es «comunión», confiar «en la escucha y el diálogo para agrandar la justicia y la fraternidad».

El texto del Papa es de un grosor intelectual notabilísimo, y una de sus bases es la consideración de la fragilidad, de la vulnerabilidad, como factores constitutivos de la experiencia humana, frente al poshumanismo promovido por los algoritmos y la IA que entiende «los límites» como «defectos que se pueden corregir». De ahí a la certeza de que «los más débiles pagarán la pretendida optimización de la especie» hay un paso. Se llama tecnofascismo.

En el trasfondo del mito de Babel permanece la idea de que el hombre puede sustituir a Dios. Este es, de hecho, el mensaje contenido en la encíclica papal. Ningún proyecto estará fuera de su alcance. Tampoco el de una humanidad desguazada, sometida a fuerzas ocultas. Por eso el Papa pide «desarmar la IA», es decir, «impedir que domine al hombre». Más que un grito de alerta es un temor real.

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