Opinión
Anatomía del mal humor
La irritación como síntoma

Anatomía del mal humor / .
Hay países que tienen problemas. España, además, tiene estados de ánimo. Y últimamente uno muy concreto: el mal humor colectivo. Todo el mundo parece enfadado con algo. O con alguien. O consigo mismo.
No hablo de la indignación política, que en este país forma parte del paisaje como las rotondas, las obras sempiternas o las discusiones sobre la tortilla de patata. Se trata de algo más profundo y cotidiano. Una irritación ambiental. Una fatiga nerviosa. Una especie de electricidad moral que parece haberse instalado en las conversaciones, en las redes sociales, en los bares, en las familias y hasta en la forma de tocar el claxon.
Uno abre la prensa, escucha la radio, enciende la televisión o consulta el teléfono y encuentra desconocidos insultándose con la pasión de quienes defienden una trinchera. Incluso pedir una cita médica acaba convirtiéndose en combate urbano.
Hay personas que antes discutían de fútbol y ahora discuten de geopolítica energética con el mismo tono con el que se reclama un penalti en el minuto noventa y tres.
El mal humor se ha democratizado. Ya no es patrimonio exclusivo de taxistas adustos ni de columnistas a punta de Alka Seltzer. Hoy cualquiera puede levantarse irritado antes incluso de desayunar. Basta mirar el móvil.
Quizá porque vivimos sobresaturados de estímulos y de agravios. Nunca habíamos tenido tanta información y nunca habíamos administrado peor nuestra tranquilidad. El ciudadano contemporáneo desayuna corrupción, almuerza polarización y cena apocalipsis climático. Entre medias recibe una notificación bancaria redactada con la cordialidad de un requerimiento judicial.
Todo contribuye a esa sensación de agotamiento. Y quizá ahí esté la clave: el país no parece solamente enfadado, sino cansado de estarlo.
Hay en el ambiente una forma de cansancio moral. Una fatiga colectiva producida por años de sobresalto permanente, tensión ideológica, ruido continuo y movilización emocional ininterrumpida. El ciudadano nunca descansa psicológicamente. Antes las personas tenían problemas; ahora además tienen notificaciones.
Y cuando las sociedades se cansan moralmente empiezan a comportarse como las personas exhaustas. Pierden la paciencia, exageran los agravios, se vuelven hipersensibles, confunden discrepancia con agresión y responden con una desproporción casi automática.
Quizá por eso asistimos a una agresividad creciente en la conversación pública. A esa susceptibilidad extrema que convierte cualquier matiz en sospecha. A la facilidad para el insulto. A la impaciencia constante. A la incapacidad para discutir sin dramatizar. A la mala educación. Como si la convivencia nacional se hubiese quedado sin amortiguadores.
La política, naturalmente, ayuda mucho. Lleva años especializándose en transformar cada desacuerdo en una batalla definitiva entre el bien y el mal. El adversario ya no se equivoca: conspira. Ya no discrepa: amenaza la democracia.
Pero sería injusto cargar toda la culpa sobre la política. También existe un cansancio privado, íntimo, silencioso. Gente agotada. Familias haciendo equilibrios imposibles. Jóvenes que sospechan que vivirán peor que sus padres. Mayores desconcertados ante un mundo inmarcesible que cambia demasiado deprisa y además pretende celebrarlo como una obligación moral.
Todo el mundo parece estar defendiendo algo: su salario, su identidad, su paciencia, su plaza de aparcamiento o su último indicio de serenidad.
A veces da la impresión de que hemos confundido el mal humor con la lucidez. Como si sonreír fuese una ingenuidad y vivir permanentemente irritado una forma superior de inteligencia moral.
Sin embargo, las sociedades no se deterioran únicamente por la corrupción o por las malas leyes. También se erosionan cuando pierden la cortesía elemental. Cuando desaparece la capacidad de conceder al otro un margen de buena fe. Cuando el sarcasmo sustituye al argumento y la sospecha reemplaza a la conversación.
El mal humor colectivo termina convirtiéndose en una forma de contaminación ambiental. Y quizá por eso convendría rebelarse un poco contra él. No con optimismo de taza motivacional ni con sonrisas terapéuticas de anuncio farmacéutico. Tampoco fingiendo que no existen problemas reales. Los hay, y muchos.
Pero sí recordando algo bastante sencillo: una sociedad irrespirable no se construye únicamente desde arriba. También desde abajo. Desde el tono. Desde esa agresividad pequeña y cotidiana que acaba convirtiéndose en atmósfera nacional.
Tal vez el verdadero gesto revolucionario de este tiempo no consista en gritar más fuerte, sino en conservar la calma. Incluso el humor. Quizá sobre todo el humor.
Porque los países que pierden la capacidad de reírse de sí mismos suelen terminar tomándose demasiado en serio sus peores impulsos.
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