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Opinión

«Magnifica feminitas»

No puede presumir la Iglesia católica de ser una abanderada del feminismo, ni mucho menos, y no es la situación de la mujer contemporánea, ni de lejos, el asunto del que se trata en la primera encíclica del pontificado de León XIV, Magnifica Humanitas. La primera carta del Papa a la comunidad católica es un alegato en defensa de la humanidad, en el que alza la voz frente al imperio de las máquinas y el dominio de los tecnócratas. Sin embargo, a lo largo del documento hay algunas alusiones, poca cosa, ciertamente, a la situación de la mujer en este contexto.

El Papa hace un diagnóstico poco favorable del estado en el que ha sumido al planeta y a sus habitantes la cuarta revolución industrial, que avanza a pasos agigantados a lomos de la inteligencia artificial y la robótica y pone en evidencia el colosal desajuste entre una sociedad hipertecnológica y las condiciones de privación de derechos en los que aún vive la mayor parte de la humanidad.

«Todavía hay mucho camino por recorrer para que los derechos de una gran parte, por ejemplo, los de las mujeres, estén realmente garantizados en todo el mundo», constata. Es en el capítulo dedicado a la doctrina social de la Iglesia en el que el Papa alude por primera vez, de manera directa, a la situación de desigualdad de las mujeres. Es al llegar ahí cuando deja constancia de que «doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos».

Más adelante, en este contexto de economía digital, León XIV se refiere al «trabajo silencioso de millones de seres humanos, empleados en actividades poco visibles pero esenciales: etiquetado de datos, moderación de contenidos —a menudo pésimos— y entrenamiento de modelos» que la sustenta, e indica que esa fuerza de trabajo está compuesta mayoritariamente por «jóvenes, en su mayoría mujeres, que trabajan duro a cambio de remuneraciones mínimas».

León XIV no se extiende mucho más sobre la situación de las mujeres en esta primera encíclica, pero, en el mismo tono rotundo en el que crítica el nuevo colonialismo y alerta de los peligros de la concentración de datos en manos de los grandes tecnócratas, deja este mensaje, que es también una advertencia: «No es suficiente afirmar con palabras que hombres y mujeres tienen la misma dignidad y los mismos derechos; es necesario que esto se traduzca en decisiones concretas, en las leyes, en el acceso al trabajo, a la instrucción, a las responsabilidades sociales y políticas, en el modo en el que la sociedad escucha y valora el aporte de las mujeres. Mientras exista esta disparidad, no podremos decir que la sociedad reconoce realmente y en profundidad que las mujeres tienen la misma dignidad que los hombres».

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