Opinión | Gárgolas
Una espiritualidad de todo a cien
Hace muchos años, quizás 50, en un colegio religioso, un grupo de chicos y chicas que hacían COU, montaron una obra musical llamada Godspell. Eran los años setenta del siglo XX y, por esa época, también se había estrenado otro musical, Jesus Christ Superstar. Ambos crearon bastante polémica, porque lo sagrado llegaba a través de la música moderna y de una cierta heterodoxia. En el caso de Godspell se trataba de una compañía de saltimbanquis que ponían en escenas fragmentos de los Evangelios, vestidos de payasos. El mensaje, pese a la forma rompedora, en el fondo era cristiano hasta el tuétano, y será por eso que los frailes permitieron que aquellos chicos y chicas estrenaran el musical en su teatro.
Hace unos días, quedé boquiabierto cuando vi escenas de Godspell en uno de los actos del Santo Padre en Madrid. Por lo que supe después, es una producción reciente de Antonio Banderas (que ahora se nos ha declarado ferviente creyente). Como si no hubiera pasado el tiempo. Lo que nos fascinaba hace medio siglo, todavía atrae la atención de los jóvenes, aunque hay voces que han clamado contra un espectáculo tan poco edificante en la visita del Papa: «Con Rouco Varela esto no habría pasado», he leído. El hecho es que, visto desde la distancia de la edad, todo lo que dicen y cantan y que animaba a la juventud que acompañaba a León XIV era melindroso y blando, de una beatería tan azucarada que tiraba para atrás. ¡50 años después!
Más adelante, un conjunto llamado Hakuna Group Music, la derivada pop de un movimiento católico que se llama Hakuna y que es una versión edulcorada y pretendidamente moderna del Opus Dei, cantaba canciones como esta: «Un huracán romperá el cielo desde mi garganta; ¿dónde estás cuando me haces falta?». Nunca me he postulado como Santo Padre justamente para evitar ser espectador de actuaciones como esta. Chicas y chicos vestidos con una corrección desenvuelta, nítidos y puros en la alegría de la música, como aquellos que se hacían llamar Viva la Gente y que también se hicieron famosos en los años setenta, con mensajes de paz y concordia universal.
Parte del prestigio de la Iglesia se perdió con el Concilio Vaticano II y sus consecuencias. Quiero decir que el cambio de parámetros a la hora de mostrarse ante el mundo, con todo lo que ofreció de positivo (una iglesia más comprometida y más integrada en la sociedad), también significó un progresivo descenso hacia la popularización del rito. Después han venido más desastres, desde que los Papas empezaron a viajar hasta que se convirtieron —tiene la culpa Juan Pablo II, sobre todo— en estrellas del mundo del espectáculo.
Lo hemos visto en Madrid. Multitudes de fieles y curiosos, gritos desaforados, madres emocionadas que ofrecen los bebés en ofrenda, cancioncillas rosas e irrelevantes, jóvenes que entran en éxtasis y ponen los ojos en blanco y alzan la vista hacia el cielo. Ni rastro de gregoriano: se reserva para Roma. Quizás sí que la espiritualidad renace, pero es una espiritualidad de supermercado 24/7, de tienda de todo a cien.
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