Opinión
Empieza la cuesta abajo
El descanso que ha supuesto la visita de León XIV para el Gobierno ha terminado. Y el país no ha tardado en recuperar la tensión propia de una profunda crisis política, y moral al decir de algunos, que es lo que en realidad, queramos admitirlo o prefiramos mirar hacia otro lado, llevamos un tiempo viviendo los españoles. En cierto modo, los discursos papales la han puesto en evidencia, al provocar a diestra y siniestra un desconcierto que no puede dejar de llamar la atención. Entre el espectáculo y la admiración, el espíritu y la letra de sus mensajes fueron recibidos con aplausos de salón, con moderado entusiasmo, por la clase política. Interpelaban a ideologías y partidos sumidos en sus contradicciones, cansados y desacreditados. Por momentos, los ciudadanos apreciaron en la actitud del pontífice una elevación de la mirada y del tono que respondía a su deseo y sus expectativas. Será interesante conocer la opinión de los españoles sobre la estancia del papa entre nosotros, después de que estuviera precedida por críticas y reservas fundadas en la aconfesionalidad del Estado y en las incoherencias de la Iglesia en diversos asuntos.
Volvamos al ruedo de la política nacional. El barómetro de junio del CIS, que acaba de publicarse, constata que la política y todo lo que la rodea es para los españoles el primer problema del país. La crisis no merece ninguna celebración, pero el dato debe ser considerado un buen síntoma. Indica que los ciudadanos son conscientes de la situación y de su gravedad. Reconocido el hecho, la dificultad, vista la postura adoptada por los diferentes partidos, consiste en encontrar una buena salida. Dado que la democracia es cosa de políticos y ciudadanos, si los partidos no son capaces de aplicar ninguna de las soluciones previstas en la Constitución para circunstancias como esta, solo queda esperar la reacción de los electores.
Y la encuesta del CIS recoge indicios de un realineamiento electoral que se estaría produciendo, particularmente significativo entre los votantes socialistas, y que habrá que seguir de cerca. El electorado socialista es, con diferencia, el más propenso a votar siempre al mismo partido. Más de dos tercios de los votantes del PSOE declaran que tienen tomada su decisión mucho antes del inicio de la campaña electoral. Sin embargo, un 26% asegura que no votará lo mismo que en las últimas elecciones, un porcentaje similar abandonaría a Sumar, y otro 14% lo está pensando, el mayor porcentaje de dudosos entre los electores de los grandes partidos. El resultado es que el CIS estima un descenso de cinco puntos en el voto al PSOE en apenas un mes. La ventaja del PSOE al PP se habría reducido desde mayo de más de once puntos a cuatro. Téngase en cuenta que las estimaciones del CIS, basadas en muestras con amplia mayoría de votantes socialistas, son las únicas que otorgan al PSOE más apoyo electoral que al PP, por lo que habrá que contrastar sus cálculos con los que realicen otros encuestadores.
A nadie se le escapa que esta fluctuación en el voto es un efecto de la actualidad que aparece reflejada cada día en la prensa. Con el Gobierno paralizado, envuelto en enredos muy turbios, y la vida política en un impasse, los electores podrían estar anticipando su sentencia, con el correspondiente castigo. Nada invita a pensar que el panorama vaya a mejorar y los comentaristas se entretienen especulando sobre si Pedro Sánchez tendrá el aguante necesario para resistir en la Moncloa hasta el verano del próximo año. Unos vaticinan que lo conseguirá a fuerza de obcecarse en ello, otros pronostican que presentará unos presupuestos propagandísticos pensando en convocar las elecciones en cuanto sean rechazados en el Congreso. Otros auguran que es imposible prolongar esta situación y que el desenlace es inminente. Hay quien sostiene que esto le costará muy caro al PSOE, el partido socialdemócrata de los grandes países de Europa que mejor resiste en la competición electoral. Podemos seguir entretenidos, sin saber qué hacer, o sabiéndolo, pero sin hacer lo que sea preciso. El tiempo pasa, la crisis se agrava, y aumentan la frustración y el enfado con la actuación de los políticos, una sensación que afecta de la peor manera a nuestra bendita democracia. Quizá tengamos que revisarla desde el principio.
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