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Opinión

¿Podemos ser optimistas?

Hay motivos. Los aplausos al sensato discurso del Papa en España y que Trump quiera finalizar la absurda ‘operación Furia Épica’ contra Irán

Nuestra vida política está bastante envenenada. El Gobierno sobrevive entre escándalos y un gran ruido judicial. Y el PP no sabe armar una moción de censura con un candidato alternativo a presidente. Y hay pocas esperanzas de que el horizonte se vaya a despejar.

Pero también hay razones para un cauto optimismo. La primera es el éxito de la visita del Papa Prevost, de la que destacaría dos cosas. Una, tras sus discursos en Madrid, Montserrat y la visita a Canarias, es difícil que la regularización de inmigrantes —no solución, pero sí necesidad— se vaya a complicar. El Papa fue clarísimo y hasta Vox le aplaudió.

La otra es Catalunya. Barcelona ha vuelto a gustarse a sí misma y con el acto de la Sagrada Família ha brillado ante el mundo. Y por encima de las lógicas diferencias, la crispación ha sido nula, Felipe VI ha vuelto a venir sin ningún problema, e incluso la mayoría de ministros —muchos, no creyentes— quisieron estar en la Sagrada Família. ¿Milagro? En Catalunya, el diálogo Sánchez–Illa funciona.

La otra razón para el optimismo es el casi seguro fin de la operación Furia Épica (suena a solemne majadería), tras el acuerdo entre América e Irán que se debe firmar este viernes. Desde que Trump volvió al poder, el mundo está sobresaltado y angustiado. En 2025 por la disputa tarifaria que no se ha resuelto, pero se sobrelleva. Y este año —mucho más preocupante— por la guerra de Irán, tras que Estados Unidos e Israel descabezaran el 28 de febrero a la cúpula iraní y proclamaran que todo acabaría

en «pocos días» con la caída del régimen de los ayatolás. O se destruiría una civilización.

No ha sucedido nada de eso, pero la guerra se acaba. El cierre por Irán del estrecho de Ormuz —algo nunca visto— disparó los precios del petróleo y del gas natural y ha hecho temblar a la economía mundial. Y el pecado lleva la penitencia. La inflación ha saltado en América del 2 al 4,2%, el precio de la gasolina ha sobrepasado los 4,5 dólares por galón, y Trump —que ha sufrido una fuerte caída de popularidad— ha concluido que podía perder las elecciones de noviembre y quedar —todavía más— en ridículo ante el mundo.

Tenía que acabar una guerra que nunca debió iniciar. Y no hay solución militar, porque Irán ha demostrado tener músculo para atacar y dañar a Arabia Saudita, Catar, Kuwait… petroestados que Trump debía proteger. La paz todavía está por ganar, porque aún hay halcones —cuidado con Netanyahu—, pero la guerra está finalizando. Y por Ormuz volverá a pasar el petróleo, cuyo precio casi volvió a parámetros anteriores a la guerra. Mientras, las bolsas explotaron de alegría.

La economía no quiere aventuras estúpidas. Ni de Trump, ni de Castros o Maduros. Y el Ibex superó los 19.000 puntos, cota nunca antes alcanzada. Y no solo es Irán. Según Expansión, las empresas cotizadas del mercado continuo que han presentado resultados (90 de 120) aumentaron sus beneficios un 21% en el primer trimestre. Y un 8% su más representativo ebitda. Tampoco en España, todo va mal.

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