Opinión
El tornillo que debe sobrar siempre
Nunca he sido habilidosa con las manualidades. Eso incluye cualquier tipo de montaje, desde los muebles de Ikea a las figuras de Lego o los puzles que ahora me esmero, con una paciencia que a mí misma me sorprende, en montar o resolver con mis sobrinos. Pese a la etiqueta de empollona que me colgaron durante mis años de estudiante, ese síndrome de primera de la clase con el que aún batallo, hay días, demasiados, en los que me levanto y sigo siendo esa niña profundamente tímida con gafas de culo de vaso que nada puede hacer mal, siempre se me atragantaron esas asignaturas, en EGB Trabajos Manuales o Educación Plástica, Dibujo Técnico en COU. Era tan torpe que mi madre llegó a ponerme un mote cariñoso, Urkel, me llamaba, nombre de uno de los personajes de una conocida serie de televisión de la década de los noventa en España caracterizado por su poca destreza, tanto física como social —su frase más recordada es «¿He sido yo?», pregunta retórica que hacía tras cada metedura de pata—. No era algo que me pesara, no trataba de ocultarlo o disimularlo, como sí intentaba con mi dedicación al estudio, esa obsesiva disciplina que todavía me acompaña. A veces, hasta exageraba mi torpeza para hacer reír a mi madre, escuchar esa sonora carcajada suya que ahora daría lo que fuera por que inundara el salón, la cocina, cualquier espacio, con oírla en un sueño me bastaría.
Solo después del fallecimiento de mi padre —la muerte es la privación absoluta, pero nos dota de perspectiva, el ángulo desde el que, una vez atravesada, observamos el pasado es más objetivo, está menos enturbiado por la emoción—, me he dado cuenta de que, en eso, éramos iguales y, al rememorar algunas anécdotas, soy yo la que sonríe. Hace unos días, mientras hablaba con una amiga, me acordé de una de ellas y se la conté, convirtiendo a mi padre, creo que por primera vez desde que lo perdí, en protagonista de un precioso y divertido recuerdo. Ella acababa de montar una bicicleta estática que L. y yo le habíamos regalado por su cumpleaños —a medida que voy cumpliendo años, prefiero la practicidad de los obsequios que hago y de los que recibo o, en su defecto, que sean gozosos— y andaba dándole vueltas para ver dónde colocar una última pieza con la que no sabía qué hacer, no encajaba en ningún sitio. Fue entonces cuando recordé el día que mi padre cometió la osadía de desmontar el salpicadero del coche que teníamos en aquella época, un Peugeot 505 color verde botella, para arreglar el aire acondicionado sin necesidad de acudir al taller. Al cabo de varias horas, mi tío José Luis, bastante más ducho que él en esos menesteres mecánicos, se lo encontró en la calle, junto al vehículo, entre frustrado y desconcertado. Chico, no sé qué pasa, lo he desarmado sin problemas y ahora resulta que sobran tornillos, será que es así, porque lo he arrancado y la cosa marcha bien, concluyó ante la mirada cómplice de quien, aunque era el pequeño, estaba acostumbrado a ejercer el papel de hermano mayor. A partir de aquel momento, mi familia aceptó, sin cuestionarlo, defendiéndolo incluso, que, a pesar de lo que digan las instrucciones de montaje, siempre debe sobrar un tornillo para que todo funcione, también la vida, ahora sin mi padre.
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