Opinión | El trasluz
De astronautas y viudos

Un astronauta en la Luna
Pienso a veces en los hombres que han pisado la Luna (creo que doce, como los apóstoles). Después de eso, bajar a comprar el pan debió de resultar una rutina un poco extravagante. Algunos siguieron trabajando, dieron conferencias, escribieron libros, entraron en política o en negocios: intentaron volver, en fin, no sé si con mucho éxito. Supongo que desde fuera parecían vidas relativamente corrientes. Pero casi todos describieron algún tipo de desajuste íntimo, como si hubieran regresado físicamente a la Tierra, pero su mente se hubiera quedado allá, en lo alto. Buzz Aldrin cayó en una depresión severa y tuvo problemas de alcoholismo. Contaba que, después de ese viaje, todo lo demás le parecía pequeño. Imaginémoslo escribiendo su currículo: “Segundo hombre en pisar la Luna”. Ni siquiera el primero.
¿Qué hace uno el martes siguiente?
Mitchell regresó obsesionado con experiencias espirituales y fenómenos de conciencia. Decía que ver la Tierra desde fuera provocaba una especie de conmoción metafísica: el planeta parecía un organismo vivo y frágil, una pompa azul suspendida en ninguna parte. Charlie Duke sufrió una crisis personal y religiosa antes de adaptarse a la existencia cotidiana. Otros se acomodaron mejor, o fingieron hacerlo. John Young siguió trabajando en la NASA, como quien vuelve a la oficina después de haber dormido la siesta con su amante. Durante siglos, la Luna fue un objeto más bien mental, literario, amoroso, mitológico. Doce hombres la convirtieron concienzudamente en un lugar físico. Dejaron huellas, quizá bolsas de basura, instrumentos científicos. La humanidad pasó de escribir poemas a aparcar módulos lunares. Quizá el verdadero problema psicológico consista en eso: en haber atravesado (violándola) una frontera simbólica de la que no se puede regresar intacto.
Además, la experiencia debió de producir una rareza difícil de compartir. Hay viudos que solo pueden hablar con otros viudos, exiliados que solo se entienden entre sí. Tal vez los hombres de la Luna formaran también una especie de cofradía involuntaria: doce personas que habían visto la Tierra desde fuera y que luego tenían que fingir interés por una reunión de vecinos o por una avería del calentador.
Fuente: La Nueva España
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