Opinión
La pena de la pausa de hidratación
Puedo imaginar a un oficinista dejando caer el bolígrafo y sacudiéndose las perneras del pantalón para decir: «Bueno, ¡pausa de hidratación!». Y, a renglón seguido... al bar a por una cañita bien fresca.
¿Por qué no va a llamarla así él, si la FIFA usa esa fórmula para designar esos seis minutos (tres por parte) en los que embutir publicidad de la cara? Esta organización sin ánimo de lucro, que lleva la libertad y el balón a todo el planeta, ha logrado con maniobras como esta subir un 73% de ingresos respecto al anterior ciclo mundialista. Lo ha hecho aumentando el número de selecciones, pero también alterando por la vía del cinismo las normas de un deporte con casi dos siglos de historia.
Que llamen pausa de hidratación a esta intromisión publicitaria me recuerda a cuando en el hotel aducen razones ecologistas para no lavar las toallas o a cuando en un festival de música te cobran por un vaso de plástico.
En la periferia del fútbol, en todo lo que lo rodea, se había levantado un negocio de dimensiones faraónicas y de moral indecente, pero el caso es que el centro, el terreno de juego y el juego en sí, parecía impermeable a las lógicas del mercado. El fútbol es un negocio de capitalismo salvaje, pero la disciplina deportiva en sí es casi contracultural: en tiempos de hiperaceleración, suele ser un deporte lento, y en una cultura tiktokera, mantener la atención durante hora y media (y 45 minutos ininterrumpidos) era algo subversivo. Unos tiempos titánicos, antiprostáticos y anticomerciales, en los que no te levantabas ni para ir al baño.
Por eso me irrita no solo la imposición de estos cooling break (quizá con el anglicismo a la gente le suena mejor), sino también la treta hipócrita en el que se sustentan: la salud de los jugadores. Estas pausas tienen sentido eventualmente, a partir de los 32ºC, pero no por norma (en el debut detuvieron el juego a solo 22ºC y con pronóstico de lluvia intensa). La pausa para la hidratación me provoca, por decirlo en lenguaje futbolero, una pena máxima (y una rabia casi ciega).
Es curioso, porque de un tiempo a esta parte muchos estudios avalan la sentencia del Supremo que permitiría a las empresas descontar del tiempo trabajado las pausas para el pitillo o el café de máquina. Sin embargo, en esos tres minutos embuten anuncios de aire acondicionado y de bancos.
Propongo un uso poético de este espacio. Replantear la pausa para la hidratación, que es pausa para la codicia, como pausa para la belleza. Tres minutos dura un asalto de boxeo, así que se puede pelear con su primo facha que reclama la presencia de Carvajal (en las filas de Vox y en el campo). Tres minutos dura el ensimismamiento del personaje que van a ahorcar en El idiota, de Dostoievski, durante el que descubre la nitidez hermosa del mundo y de la vida. Póngase la mano en el corazón: latirá entre 180 y 240 veces. Ellos quieren que se quede mirando la pantalla, así que apáguela y pínchese en Spotify Stand by me, canción que dura tres minutos. Fríase un huevo, abra una lata, lea un poemita de Nicanor Parra, cierre los ojos e imagine praderas verdes donde no te intentan vender algo cada dos segundos, donde la imaginación y el balón ruedan.
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