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Opinión | Crónicas galantes

El ocaso de los predicadores

Entre las muchas cosas que se han dicho del expresidente Zapatero estos días se echa en falta su faceta de predicador

Entre las muchas cosas que se han dicho del expresidente Zapatero estos días se echa en falta su faceta de predicador. Todos los políticos lo son, en la medida que han sustituido el púlpito por la tribuna para dar doctrina a sus parroquianos; pero ZP lleva el concepto a otro nivel. Solo él alcanza en los mítines ese tono de misticismo y trascendencia que acerca la política a la religión.

Están recientes aún los ecos de la frase con la que definió el socialismo, que a su juicio consiste en tener muy poco y dar mucho. Podría ser un versículo del Evangelio: y acaso lo sea. Tampoco vamos a preguntárselo ahora a la inteligencia artificial.

No es esa, en todo caso, la opinión de Carlos Marx, que tiene la patente del invento. Marx, que era más prosaico, definía el socialismo como la abolición de la propiedad privada para ponerla en manos de los trabajadores, aunque en la práctica esa gestión colectiva le tocase al Estado. La idea es más compleja, pero no es este el espacio para entrar en profundidades.

Lo que en realidad vende el partido de Zapatero es la socialdemocracia, que no pasa de ser una variante social de la economía de mercado capitalista.

Paradójicamente, fue impulsada durante la Guerra Fría por Estados Unidos para construir una alternativa de centroizquierda al comunismo en Europa. Con gran éxito, por cierto. La mayoría de los países europeos han abrazado la idea del Estado de Bienestar y disfrutan de sistemas de cobertura educativa y sanitaria universales.

Zapatero ha coqueteado, ciertamente, con el Socialismo del siglo XXI que ensayaron, sin éxito, algunas repúblicas de Latinoamérica. Puede que ahí se contagiase del florido lenguaje caribeño que le ha dado aire de telepredicador. También los predicadores de la tele son un fenómeno importado de Norteamérica, donde alcanzan grandes cuotas de audiencia y donaciones. Lo suyo es una especie de teletienda religiosa en la que se vende gloria eterna a cambio de una módica contribución económica.

No es exactamente el caso del expresidente español; pero algo recuerdan sus maneras desde el púlpito de los mítines a las de sus equivalentes estadounidenses.

Famosas —y sin duda benéficas— fueron sus cruzadas contra el vicio, que resumió en la frase: «Disuadir del consumo de tabaco y alcohol es de izquierdas». A eso añadiría líricamente que la Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento. También predicó sobre el Universo: «El infinito es el infinito», catequizó a sus fieles, antes de añadir que nuestro planeta es el único lugar de las galaxias «donde se puede leer un libro y se puede amar».

Lamentablemente, no llegó a cumplir su deseo de convertirse en supervisor de nubes tras dejar la presidencia del Gobierno; y ahora pasa lo que pasa. Corren malos tiempos para la lírica. Y para los predicadores.

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