Opinión
Profesora e investigadora en la Escuela de Arquitectura de la Universidade da Coruña
Profesor e investigador en la Escuela de Arquitectura de la Universidade da Coruña
Innovación y equipamientos urbanos
Las amas de casa —féminas o varones— estamos de celebración. Festejamos el centenario de la cocina diseñada por la arquitecta austríaca Margarete Schütte-Lihotsky en 1926 para las viviendas del barrio Römerstadt en el municipio alemán de Frankfurt. Esa estancia, denominada cocina Frankfurt, fue una propuesta innovadora y novedosa en su época. Una habitación específica, ideada con el fin de mejorar las condiciones del trabajo doméstico. Introdujo la encimera, esa superficie continua que define nuestras cocinas actuales, un mobiliario especializado, e incluso el lugar para colgar la tabla de planchar así como los electrodomésticos: un aparato alimentado por gas y/o electricidad sustituye a los fogones de leña/carbón. Se disponía cerca de la entrada de la vivienda y, en origen, se conectaba con el salón mediante una puerta corredera para poder atender a las criaturas. ¿Innovación? Desde luego. La propuesta de Schütte-Lihotzky transformó el concepto de cocina de tal manera que, en la actualidad, sigue vigente, al margen de que sea una pieza abierta o delimitada, incorporada en el salón o cerrada como un laboratorio.
En aquel período temporal se proyecta y construye el hospital Zonnestraal en Hilversum, de Jan Duiker y Bernard Bijvoet. Un edificio proyectado para ofrecer un entorno naturalizado a los pacientes —arbolado, con hierba y plantas—, en la convicción de que la exposición al aire y a la luz contribuía a mejorar la salud. Pero no solo la sanidad, sino que también la educación y el cuidado infantil se beneficiaron de una arquitectura abierta y funcional, puesta al servicio de las personas. Tanto la escuela al aire libre proyectada por Johannes Duiker (1927) en Amsterdam como la escuela infantil Sant’Elia (1937) ideada por Giuseppe Terragni en Como inciden en la relación exterior-interior, en el contacto directo entre el espacio construido y el ambiente abierto como una necesidad imperiosa para el desarrollo y el crecimiento personal.
Una manera de hacer que se ha ido diluyendo, al tender la arquitectura hacia lo meramente objetual, olvidando esas lecciones, distorsionando las enseñanzas originales. Por supuesto estos ejemplos combinaban espacio y materialidad, lugar y necesidades de las personas. Es decir los conceptos y las soluciones constructivas se retroalimentaban. Difícilmente unos podrían desarrollarse sin las otras. Conviene apuntar que el primer tercio del siglo XX concentra el ideario de la arquitectura contemporánea. Tanto de la cocina, el interior doméstico, como de los establecimientos sanitarios y docentes, los equipamientos singulares. Y desde entonces vivimos de rentas y reinterpretaciones más o menos afortunadas o desafortunadas.
Ahora, en 2026, parece, al menos en Galicia, que volvemos a estar de enhorabuena. Nuestros cuerpos —y mentes— se están empapando de alegría en tiempos de zozobra, tras escuchar y leer noticias relacionadas con las innovaciones en materia de arquitectura acometidas por nuestras autoridades autónomas en dos ámbitos, el educativo y el sanitario.
Respecto del primero de ellos, se ha observado que la Xunta de Galicia está inmersa en el plan Apega, arquitectura pedagógica de Galicia. Un plan de renovación de los centros docentes, cuyas medidas destacables quedan identificadas como «crear espacios flexibles adaptados a las metodologías del siglo XXI, como patios cubiertos y pistas multideportivas; promover la eficiencia energética de los edificios; los cambios visuales y arquitectónicos con relación a los desagües y la iluminación de los espacios…». Existe alguna otra, pero todas del mismo rango.
Respecto del segundo, se reseña una noticia del jueves 18 de junio emitida por los servicios informativos de la TVG: la inauguración de un centro de atención primaria. Diversos medios escritos dan cuenta de un diseño «bajo criterios de sostenibilidad y confort, con espacios más luminosos y materiales naturales», destacándose que «los profesionales sanitarios podrán trabajar en las mejores condiciones posibles y los ciudadanos ser tratados con eficacia y eficiencia». Entre las novedades: la cubierta vegetal y el uso en el interior de «madera gallega». Sin embargo, nada hay nuevo respecto de lo que ya conocemos… Un objeto construido con parámetros contemporáneos sobre una parcela, con su aparcamiento delantero y sus arbolitos lechuga en un lateral.
Claramente en las áreas proyectuales de las escuelas de arquitectura nos explicamos fatal… Todo el discurso sobre la importancia del lugar se transforma en propuestas objetuales ajustadas rigurosamente a la normativa vigente, más o menos bien resueltas formal y utilitariamente —queremos decir adaptadas al canon estético contemporáneo y al preceptivo Código Técnico de la Edificación—. Eso sí, perfectamente intercambiables de emplazamiento: de Ames a Viana do Bolo, o de Abegondo a Verín. Todo lo que vemos y leemos relativo al plan de arquitectura pedagógica y sanitaria son medidas constructivas… El orden del espacio se reduce a sus condiciones materiales. Los valores de la naturaleza que caracterizan el lugar son marginales, por no decir residuales. El vínculo indisoluble entre el ambiente interno y externo ha quedado en el olvido. Ni siquiera se considera la recomendación de la regla 3-30-300: ver tres árboles diferentes desde una ventana, un 30% de cobertura vegetal del suelo y una distancia máxima de 300 metros a un parque.
Las propuestas para los centros docentes y los sanitarios se anuncian bajo el calificativo «innovador». Mucha palabra para operaciones de acondicionamiento a la normativa vigente y a las exigencias contemporáneas de habitabilidad y sostenibilidad. O tal vez a la familia léxica del término innovación le suceda como al vocablo palafito, que ya no lo conoce ni la mayoría del estudiantado que aprueba la PAU.
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