Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Alarma: vacas con ventiladores

Las noticias de verano explican más de lo que cuentan. A pesar de su mala prensa, buscan siempre un punto asombroso y surreal, pero además sintonizan más que en cualquier momento del año con lo que se habla en los ascensores (tremendo calor, en Madrid es más seco), en la calle (el problema de la tala de árboles ante la emergencia climática), en los bares (baja el consumo de cerveza entre las nuevas generaciones) o en mi casa (en el siguiente párrafo, la noticia que leí hace unos días).

El titular es: los ganaderos gallegos (y, en concreto, los de la provincia de Lugo) instalan ventiladores en los establos para suavizar un calor que estaba acabando con sus vacas. La imagen poética surgida de la mezcla de vaca + ventilador + prado galaico me parece hermosa y surrealista. Bella, por citar al referente surrealista Lautréamont, «como el encuentro fortuito de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección». Pero resulta alarmante: en la costa lucense, ese lugar con cielo gris de tupperware bocabajo donde las temperaturas estivales rara vez rebasan los 25 grados, se necesita refrigerar ahora hasta el establo. Por lo visto, por culpa de las recientes olas de calor, los ganaderos perdían hasta ocho litros diarios de leche por animal y las vacas padecían problemas de salud.

Hasta hace poco, yo, que veraneo desde niño en A Mariña lucense, no soñaba con una jubilación de piscina y pulserita en Acapulco, sino de vaca en esa región bendecida con un microclima ajeno al sofoco. Cuando paseo en bici por el valle dorado, las veo: esa mirada de indiferencia ante la vida no exenta de inteligencia, pastando a sus anchas a poco más de 20 grados.

Las vacas lucenses viven mejor que sus primas en la India. Y eso que allí son sagradas: son animales míticos (existen figuras religiosas como Kamadhenu, la vaca que concede deseos, y se sabe que Krishna fue pastor de vacas durante la infancia), rara vez se las sacrifica (el principio de Ahimsa promulga no hacer daño a los seres vivos), se las usa como fuente de materiales para rituales (leche, yogur, ghee) y lo son también de riqueza (una vaca viva da más dinero que muerta, como sucede con nosotros). Pues bien, en Lugo viven aún mejor. Y la prueba es su lozanía. Desde hace 20 años la tele autonómica organiza un concurso de Miss Vaca: compite una representante de cada provincia (en categorías como Miss Simpatía o Miss ojos bonitos) y la corona casi siempre se la lleva la lucense (Lugo es a Miss Vaca lo que Venezuela a Miss Universo).

Lo que intento exponer es que hasta hace poco aquello era una especie de edén bovino, de arcadia de vacas, de tierno paraíso ternero. Sin embargo, ahora necesitan ventiladores para sobrevivir. Ni datos de migración climática ni récords de precipitaciones: si esto no conciencia sobre el cambio climático no sé qué lo hará. Una vaca lucense al lado de un ventilador es el equivalente de un canario en la mina. El canario es más sensible que el humano a gases tóxicos como el monóxido de carbono, inodoro y letal, así que cuando deja de cantar o muere, los mineros evacuan. La vaca gallega ya no ríe, y necesita de ventilación, pero lo malo es que nosotros no podremos abandonar la mina en la que se convierte el planeta.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents