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Opinión | Tribuna libre

Maxim Polovchuk Barashkova

Que Samuel sea el último

La homofobia que España tolera y el odio que normalizamos

Vigilia por Samuel Luiz

Vigilia por Samuel Luiz / Víctor Echave

España encabeza los rankings europeos en defensa de los derechos del colectivo LGTBI+, pero las agresiones homófobas no dejan de aumentar. En apenas unos años, su prevalencia ha pasado del 7% al 22%, y más de la mitad de las personas LGTBI+ afirma haber sufrido un delito de odio en el último año, ya sea en la calle o en redes sociales. No hablamos solo de insultos o acoso: hablamos de asesinatos. Entonces, ¿realmente avanzamos o solo maquillamos el problema? La muerte de Samuel demuestra que el odio sigue encontrando espacio para actuar.

Resulta imposible conciliar el sueño. Entre el pequeño bicho con su aguijón y el infierno al que se somete la piel cada noche es complicado dormirse en condiciones. Es una de esas noches en las que ni el ventilador le permite echar una cabezadita. Son vacaciones y, antes que pasar toda la noche dando vueltas en la cama, Samuel decide salir de fiesta y desinhibirse un poco de sus preocupaciones. Tiene ganas, ya que es de las primeras veces que sale desde que empezó la covid. Una fiesta que ni él mismo sabía que sería la última, la última vez que vería a sus padres y amigos, la última vez que se lo pasaría bien, la última vez que podría disfrutar de una fiesta.

Samuel estaba en videollamada con una amiga cuando ocurrió todo muy rápido. 150 metros y tres minutos bastaron para cambiarlo todo. «El tiempo que puede durar su canción favorita», comenta la fiscala. Tres minutos en los que tres personas asesinaron a Samuel por medio de 21 golpes en el cráneo que le ocasionaron una hemorragia acumulativa. ¿Por qué lo mataron? Samuel Luíz fue asesinado el 3 de julio de 2021 por ser gay.

No podemos permitir que el odio se disfrace de opinión respetable. No podemos asumir que el problema se resolverá solo ni refugiarnos en la comodidad de la indiferencia. El odio no empieza con el golpe, empieza con el silencio que lo tolera. No podemos permitir que el odio nos corrompa y nos pudra por dentro. «Si aprendes a odiar a una o dos personas, pronto odiarás a millones de personas» (Jerry Spinelli). El odio es inadmisible si buscamos que la gente salga a la calle tranquila sin que se les insulte, amedrente o intimide. Y el odio no se combate con más odio. Para acabar con él, se necesitan tres cosas: respeto, cooperación y tiempo. Asimismo, el principal problema es la indiferencia de mirar hacia otro lado creyendo que «si no me pasa a mí, no es asunto mío». Esa indiferencia legitimiza el odio y, por tanto, debe contrarrestarse con una educación basada en el respeto a la diversidad.

Ese odio queda retratado en el juicio del caso de Samuel Luiz. «¡Deja de grabarnos, a ver si te voy a matar, maricón!», gritó Diego Montaña antes de empezar el linchamiento colectivo que acabaría con la vida de Samuel. El odio y, en concreto, la homofobia le arrebataron la vida a un chaval indefenso al que le quedaban muchas vivencias que compartir con sus padres y amigos, muchos amores de verano de los que arrepentirse, muchos viajes inolvidables que, sin duda, hubiera guardado en un precioso álbum. Dicho de otra forma, mataron a una persona que quería disfrutar su vida y la única razón aparente para matarle era una: ser maricón.

Orgullo es el que corre por mis venas al ver a una fiscala que califica a los cinco acusados de «niñatos», «orgullosos de ser la estrella de la fiesta» y «jauría humana». Contundencia es lo que se necesita contra el odio y la discriminación. No empequeñecerse, sino envalentonarse contra el que desprecia la otredad por ser distinta a lo normativo. «Una manada de lobos sale a cazar y tiene como objetivo una presa. La selecciona... unos van atacando... otros evitan la defensa, pero el objetivo es común —sentencia de forma clara la fiscala Olga Serrano—. Yo no estoy llamando lobos a los acusados, porque los lobos cazan para sobrevivir y los humanos lo hacen por diversión. Lo que pasó con Samuel fue una cacería a través de un ataque brutal. Aquí no hubo lucha ni batalla». A través de estas declaraciones tajantes, Olga Serrano no deja indiferente a nadie: «El arrepentimiento no se demuestra con las lágrimas en un juicio». Esta frase la dice después de que el líder del grupo dijese que le daría su vida a Samuel.

Tres de los cinco acusados fueron sentenciados con 20, 22 y 24 años por asesinato, robo y discriminación por orientación sexual. Los otros dos quedaron absueltos por falta de pruebas. El abogado de uno de los absueltos afirmó durante el juicio que «mirar sin hacer nada no es un delito y que Míguez se acercó al tumulto a mirar, y no a pegar». Quizá la justicia no siempre encuentre pruebas suficientes para condenar penalmente a quien observa una paliza sin intervenir, pero la condena moral y social debería ser innegociable. El que mira y decide callarse es cómplice del sistema que permite esa violencia.

El odio se alimenta de prejuicios e inseguridades para materializarse en discriminación. Muchas veces el que ejerce odio sobre otro es porque es un reflejo de él mismo e intenta denostar o suprimir esa debilidad o eso que intentamos ocultar. Y ese odio, que se encuentra en la rutina diaria de nuestra sociedad, no se ejerce en solitario. El odio rara vez actúa en solitario. Necesita testigos que miren hacia otro lado, risas que lo legitimen y silencios que lo amparen. Como señaló Mauri en una entrevista, «nunca van solos, porque el odio es cobarde». Funciona en manada porque diluye la culpa y refuerza la sensación de impunidad. Cuando normalizamos el insulto, cuando relativizamos la agresión, cuando justificamos al agresor, estamos allanando el terreno para la violencia. Samuel no murió solo por existir. Murió porque el odio encontró espacio, excusas y silencio. Que sea el último no es un deseo: es una responsabilidad colectiva.

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