Opinión | Décima avenida
La política, como el fútbol, es así
Suele suceder cuando se celebra un Mundial (también unos Juegos Olímpicos) que se analiza la competición en términos geoestratégicos. El Mundial de este año da pie a ello, con la relación tensa entre dos de los anfitriones (Canadá y México) y el tercero (Estados Unidos), el conflicto entre este e Irán o el buen rendimiento de los equipos africanos y latinoamericanos en la fase de grupos y los primeros cruces.
De la misma forma, puede analizarse el discurso político a partir de su creciente futbolización. A medida que el populismo (de todo el espectro político) depreda la acción política, el discurso se adapta a una lógica emocional visceral que todo lo impregna. La confrontación ideológica pasa a ser un asunto de forofismo: hinchas del sanchismo, hooligans de Vox. En este proceso, el populismo, en especial el de extrema derecha en los últimos tiempos, acaba llegando a la conclusión que todos los futboleros alcanzan: que los árbitros siempre benefician al rival. Donald Trump, Jair Bolsonaro o Marine Le Pen son ejemplos de la estrategia de poner en duda las reglas del juego electoral. En su vía crucis de populismo y auge de la extrema derecha, España ha llegado ya a esta estación con la denominada ley de nietos.
La disposición adicional octava de la Ley de Memoria Democrática pretende que descendientes de españoles emigrados o exiliados recuperen la nacionalidad española como una forma de reparación histórica. Vox ha azuzado la acusación de que se trata de un ejercicio de ingeniería electoral de Pedro Sánchez para cambiar el cuerpo electoral y fabricar votantes del PSOE. Alberto Núñez Feijóo, a su caótica manera y siempre presto a dispararse en el pie en su relación con las extremas derechas (las de su partido y las de fuera), ha dado pábulo a la acusación y, de esta forma, ha entrado de lleno en el marco discursivo de la extrema derecha: poner en cuestión las reglas del juego electoral.
La extrema derecha ha convertido las acusaciones infundadas de fraude electoral en un elemento recurrente de su estrategia política, especialmente cuando pierde elecciones o anticipa una posible derrota. Trump denunció un fraude masivo en las elecciones de 2020 que decenas de tribunales han desestimado. Bolsonaro cuestionó la fiabilidad del sistema de voto electrónico brasileño. Acusaciones similares se dan en el resto de Europa, desde el voto por correo hasta la configuración del censo. Es la quintaesencia de la futbolización del discurso político: el árbitro siempre está comprado por el adversario, que solo sabe ganar mediante malas artes.
La futbolización del relato político está en todas partes. La camiseta (las siglas, el partido) sustituye al criterio. De igual forma que el juicio de un penalti depende de si es a favor o en contra, en política una medida no se juzga por su contenido, sino por quién la propone. Los árbitros, las reglas, en política están siempre bajo cuestión. Jueces, organismos electorales, instituciones independientes… el populismo necesita convertirlos en parte del conflicto porque, si son neutrales, la derrota no puede atribuirse a causas externas. Gobierno de los jueces, lawfare, ingeniería electoral, Tribunal Constitucional colonizado, Fiscalía al servicio del Gobierno… hay multitud de ejemplos entre los que elegir.
Es obligatorio en este proceso deshumanizar al rival, que deja de ser legítimo y pasa a ser un enemigo al que se juzga no por lo que hace, sino por lo que es: sanchismo, la casta, etcétera. De ahí expresiones tan habituales en el discurso político como la anti-España, los fachas, los golpistas, los enemigos del pueblo… No es confrontación de ideas, de la misma forma que las jugadas polémicas de un Barça-Madrid no son una discusión deportiva, sino un choque de identidades, de relatos y de lealtades. Un choque de trincheras.
A un aficionado futbolístico nadie le pide objetividad, ni moderación ni ecuanimidad. Pero en el sistema democrático sucede lo opuesto: políticos y ciudadanos necesitan aceptar que el adversario puede ganar legítimamente, que las reglas son comunes y que el árbitro puede equivocarse sin que ello signifique que esté comprado. Si estas premisas desaparecen, la política emprende un descenso al abismo. La política se puede ejercer con pasión sin que sea un fondo ultra. La democracia exige admitir que, algunas veces, el árbitro acierta cuando pita en contra. Por este motivo, la polémica sobre la ley de nietos es un gol en propia puerta de nuestra democracia.
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