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Opinión

La política hace extraños compañeros de mesa

Decía Marx, el cómico, que no es la política sino el matrimonio lo que hace extraños compañeros de cama. No le faltaba razón a Groucho, pero aun así hay que admitir que los políticos comparten a veces mesa en el Consejo de Ministros con gente a la que en privado detestan.

La idea de ser compañeros de Gobierno de los ultras —a derecha o izquierda— era del todo impensable hasta que la crisis de 2008 acabó con el bipartidismo en España. Compañero es, a fin de cuentas, una persona con la que se comparte el pan, según el origen etimológico del término. Lo mínimo que se le pide al invitado es que tenga modales en el yantar y no incomode al anfitrión que lo sentó a la mesa.

El primero al que se le presentó ese dilema fue Pedro Sánchez, cuando Unidas Podemos (UP) lo puso en el brete de aliarse con ellos si quería reincidir en la presidencia.

Sánchez rehusó en principio el chantaje bajo el argumento de que no podría dormir tranquilo por las noches si tuviera que presidir un gobierno de coalición con Pablo Iglesias y sus ministros a bordo. Más aún que eso, cifró en un 95% el porcentaje de españoles que también padecerían insomnio si los gobernase —siquiera en parte— la vociferante ultraizquierda de entonces.

Finalmente aceptó la vigilia nocturna al hacer vicepresidente a Iglesias. Tras la marcha de este, siguió gobernando con Yolanda Díaz y Sumar, que viene a ser una versión aligerada de Podemos algo menos cargada de bombo. En ello sigue.

No lo hizo por convencimiento sino por mera necesidad aritmética de diputados, claro está.

Lo mismo sucedió más tarde con los conservadores del Partido Popular, que con el —en principio— moderado Núñez Feijóo no querían ir en compañía de Vox ni a cobrar una herencia.

También en esta parte de estribor del mapa partidario acabaron por imponerse los números. Tras las elecciones de 2023, PP y Vox pasaron a gobernar juntos en varias comunidades autónomas, si bien los ultras de derechas tardarían apenas un año en romper los pactos, posteriormente retomados. Los conservadores les parecían poco de derechas a los extremistas de Abascal; pero el caso es que últimamente cuesta trabajo distinguir entre las proclamas de unos y otros.

El último en refrendar esa tendencia ha sido el hasta ahora templado Juan Manuel Moreno, que ha firmado con Vox en Andalucía un programa de gobierno lleno de toros, caza y prioridad nacional, con una vicepresidencia de añadido para los ultras.

Si el matrimonio hace extraños compañeros de cama, queda claro que la política sienta a la mesa a gente que, en circunstancias normales, no se saludaría siquiera. La cuestión es sentarse a comer, sin que importen gran cosa los modales.

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