Opinión | Shikamoo, construir en positivo
Bidones, radiación y... toneladas de estupidez humana
Hola, queridos y queridas. ¿Qué tal les va? Por aquí ya ven, viento en popa a toda vela, consumiendo las diferentes etapas de un mes de julio complejo desde muchos puntos de vista en diferentes escenarios. Hay guerras por doquier, escándalos de todo tipo mires a donde mires, verdaderas tragedias escritas con unos abultados guarismos siempre horribles de cientos y cientos de vidas humanas perdidas y hasta amenazas globales desde el punto de vista de enfermedades como la fiebre hemorrágica ébola, que traspasa fronteras en África... En fin, que desgraciadamente el mes está dando mucho de sí a nivel informativo. Desde luego, y visto el cariz de muchos de los acontecimientos narrados, ya habría estado bien que la cosa estuviese un poco más fría...
Y ahora, por si no fuese poco, surge un nuevo tema que a mí me deja un tanto congelado, pero por otros motivos, más ligados a la percepción que parece que algunas personas puedan tener de la causalidad —ya saben, la relación causa-efecto— o de la realidad misma que parece que les sea ajena. El problema es cuando tales personas son las que, en diferentes Estados y estamentos, han tomado decisiones que jamás se deberían haber plasmado en acciones concretas, que ahora nos comemos todos con patatas, mejor dicho esto que nunca, por las implicaciones en la cadena trófica y en la calidad del aire que respiramos... Y es que, cuando científicamente se puede asegurar que un determinado proceso se produce, no hay razones para —por lo que sea— confiar en lo contrario... Les cuento...
Pónganse en las décadas de los cincuenta a los noventa, y fundamentalmente en los setenta. Y sitúense en la Fosa Atlántica. Ya saben, allí se tiraron más de doscientos mil barriles llenos de residuos radiactivos, fundamentalmente por parte de países como Reino Unido, Países Bajos, Bélgica o Suiza. Se calcula que fueron depositadas 142.000 toneladas de basura nuclear, y seguramente hubieran sido muchas más si organizaciones ecologistas como lo que fue el germen de Greenpeace, fundada formalmente en 1984 pero con presencia ya en tal crisis, no se hubieran plantado allí con barcos como el Sirius, dando la voz de alarma sobre el despropósito que se estaba llevando a cabo. Recuerdo perfectamente, porque me impactó en aquel momento, la llegada en 1982 del Sirius al puerto de Vigo después de haberse enfrentado a buques de Países Bajos en el lugar de los hechos, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo en los tiempos en que no había las facilidades actuales para que esto ocurriese, pero que implicaron el principio del fin de dicho desaguisado ambiental.
Pero un importante daño estaba hecho ya. Estamos hablando de una zona delimitada del Atlántico nordeste, a unos mil kilómetros de la costa gallega. Hasta allí ha llegado ahora el buque oceanográfico francés L’Atalante en la misión Nodssum del francés CNRS —Centro Nacional para la investigación científica—, con la idea de localizar e inspeccionar en detalle el estado de dichos bidones, después de que durante años el seguimiento de dichas descargas se hubiese limitado únicamente a medidas en aguas superficiales, sin entrar en el fondo de la cuestión. Piensen que el barco en cuestión está equipado con modernas técnicas de reconocimiento y análisis, y en particular con el robot submarino Uly X, capaz de descender a más de cuatro mil setecientos metros de profundidad, hasta las simas donde yacen los bidones referidos, en el fondo marino.
Hasta aquí son los hechos objetivos... Lo que ya no parece tan normal es que nos escandalicemos ahora, o simplemente nos sorprendamos o nos maravillemos por el hecho de que muchos de esos bidones —y el barco ha presentado los análisis correspondientes únicamente a una pequeña parte de ellos— estén literalmente destrozados, con sus contenidos radiactivos derramados y sean fuente de un importante foco de contaminación peligrosa... Acaso... ¿era posible que fuese de otra manera?
La respuesta es que no. La enorme presión y las duras condiciones en que se encuentran los bidones que fueron arrojados al mar no ameritaban otra posibilidad. El acero u otros materiales metálicos tienen una cierta resistencia a la corrosión y a otros fenómenos físico-químicos como los que se producen en tan peculiar cementerio, pero no son eternos, ya que interaccionan con el medio. Y no podía ser de otra manera que los residuos, en principio de media actividad y no solamente provenientes de la industria nuclear, quedasen algún día libres y en contacto con ecosistemas muy sensibles... Era claro, meridiano y diáfano que esto tenía que ocurrir, y ha ocurrido y lo constatamos unas pocas décadas después... ¿Y ahora, qué?
El problema no es solamente la radiación. El problema es el cortoplacismo y su corolario a corto plazo, la estupidez, que hoy siguen tan vigentes como entonces en los foros donde se toman ciertas decisiones que no solamente nos afectan a los de ahora, sino que hipotecan el futuro de la Humanidad... ¿Vamos a seguir fingiendo que no pasa nada, y que quienes se arrogan el papel de decidir puedan hacerlo tantas veces desde presupuestos, lógicas e intereses personales que distan enormemente del bien común global y de lo que nos dice el conocimiento científico, aunque ellos miren para otro lado? Miedo me da... n
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