Opinión
Mr. Suárez tiene un plan
Se da la paradoja de que quienes critican la Transición democrática como pacto por el olvido luego olvidan los frutos de aquella transformación iniciada al morir Franco. El primer gran consenso generó un pacto por la reconciliación y no por el olvido. Todo hubiera podido ir a peor, como vaticinaban los nostálgicos de los extremos. Estos días se cumple el medio siglo desde el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, en 1976. Tras la sonrisa de Suárez, un aventurero de la política, hábil en la distancia corta, intuitivo total, estaba el encaje de bolillos del rey Juan Carlos y Torcuato Fernández Miranda, cuya hoja de ruta fue ir «de la ley a la ley» y así fue posible la ley para la Reforma Política. Luego, elecciones generales y Constitución. El pactismo eliminó el dilema entre ruptura y reforma.
Y ahí estuvo Adolfo Suárez con su sonrisa inimitable, su audacia, su capacidad de aprender en pleno vértigo de los cambios, pasando de ser un parvenu del régimen al estadista de los Pactos de la Moncloa y la valentía ante la obscenidad del 23-F. Si algo le falló fue no imponerse con autoridad en la UCD y eso le llevó a dimitir. El profesor Juan Francisco Fuentes, siempre ecuánime y con rigor de claridad, reedita y completa su biografía de Suárez. Las circunstancias actuales, a veces antítesis del espíritu de aquella transición, hacen aún más recomendable la lectura de Adolfo Suárez: la opción más difícil.
Es un componente trágico de la pos-Transición que, aquejado de deterioro mental, Suárez acabase años después sin saber ni quién era ni dónde estaba, del mismo modo que Fernández-Miranda —arquitecto jurídico del paso de un régimen autoritario a una democracia con nervio— viviera años de amargura ni que el monarca considerado «motor del cambio» tuviese luego que abdicar. Pero, en los tres casos, su aportación a la concordia nacional ya es Historia.
Cuando Franco fallece en 1975, los reformistas del régimen llevaban tiempo pensando en qué hacer y sabían que todo pasaba por la restauración monárquica. En 1977, el New York Times titula: Mr. Suárez tiene un plan. Las Cortes del antiguo régimen se habían autodisuelto: ley de reforma, elecciones generales, nuevo gobierno Suárez. ETA mataba y seguiría matando: 361 asesinatos entre 1975 y 1982.
Por contraste con la política actual, la urdimbre de la redacción constitucional representa lo mejor de aquellos años y de aquellos líderes. Hombres imperfectos, Constitución imperfecta, pero aquí está como el metro de platino, ahora que el poder ejecutivo es una turbulencia, el legislativo está bloqueado y el judicial se resiste al chantaje. Sí, Mr. Suárez tenía un plan y era un plan para todos. Generalizó el consenso, menos en su partido político. En 2008, el rey Juan Carlos le concedió el Toisón de Oro y fue a entregárselo a su casa madrileña. Adolfo Suárez no le supo reconocer. Estaba ausente, roído por un mal neurodegenerativo. Murió en 2014, ausente, pero su plan había marcado el rumbo histórico de España, con la agilidad del equilibrista que sabe estrechar manos y cambiar tuberías sin tener que desalojar inquilinos.
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