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Opinión

De Ankara a Ormuz

Tanto en la cumbre de la OTAN en Ankara, a la búsqueda de la deteriorada unidad transatlántica, como en la ruptura del acuerdo que permitía la reapertura de Ormuz, Trump se ha mostrado como el personaje que es. Imprevisible, diciendo lo mismo y lo contrario con horas de diferencia, presentándose siempre como el ganador y responsabilizando a los demás de que las cosas no funcionen. E insultando a todo el mundo, y en particular a España y a los españoles, «mala gente» con los que mejor no tener ninguna relación.

La respuesta de Sánchez ha sido un flemático «calma y paciencia», la adecuada ante un narcisista patológico, adulado por el secretario general de la OTAN, ofreciéndole los 5.000 despegues americanos desde aeropuertos europeos, no en España, para participar en la guerra de Irán, como si Europa fuese una plataforma desde la que EEUU puede proyectar su poder.

La diferencia con las virtudes que los padres de la nación americana, como James Madison o Alexander Hamilton, esperaban de un presidente de Estados Unidos no puede ser más abismal. Para Madison el sistema político debía ser capaz de escoger a las personas con las mayores capacidades y virtudes, que persiguiesen el bien común, respetasen la ley y resistiesen a las ambiciones sometiéndose a los controles institucionales, en vez de acumular poder. Pero como no se fiaba de la naturaleza humana, proponía un sistema de contrapesos que supliese lo que falta de virtud personal. Hamilton pensaba que un sistema electoral, no de voto directo del pueblo, sino a través de un colegio de grandes electores, filtraría a candidatos que no buscaran la popularidad fácil con intrigas y artimañas, algo de lo que ahora estamos bien servidos. Pero sus expectativas se quedaron cortas como lo prueba que Trump haya sido elegido, y no una, sino dos veces.

Es común decir que «Trump está loco». Muy cuerdo no parece estar, pero su comportamiento refleja una cierta lógica: la de amenazar con todos los males del infierno para amedrentar y atemorizar a aquellos con los que tiene que negociar para, luego, cualquiera que sea el resultado, proclamar que ha obtenido un gran éxito.

Así lo ha hecho con España en Ankara, llenándonos de insultos y amenazas antes de entrar en la sala de reuniones, pero callándose dentro y saliendo encantado por haber conseguido el compromiso de España de grandes aumentos de su gasto militar. Sin que nadie sepa a qué se refería, más allá de lo que ya había explicado antes el presidente Sánchez: hemos pasado del 1,4 al 2,1% del PIB y con eso cumplimos con las capacidades comprometidas con la OTAN. Un aumento muy considerable en términos absolutos, que hubiésemos preferido que se hubiese discutido y aprobado en el Parlamento y en los Presupuestos, para que todos supiéramos cómo se financiaba. Aunque, probablemente, así no se hubiese podido aprobar.

Algo parecido con Irán. Iba a borrar a su civilización de la faz de la Tierra y solo aceptaría rendiciones incondicionales, para acabar siendo incapaz de mantener Ormuz abierto y con un acuerdo que abordaba las preocupaciones militares inmediatas, pero no las cuestiones fundamentales: el programa de misiles balísticos de Irán y el futuro control de Ormuz. Trump solo compró tiempo y no consiguió ninguno de los objetivos estratégicos que pudiera tener, que nunca supimos cuáles eran. Irán le ha resistido como Ucrania ha resistido a Putin; el débil no necesita ganar, solo no perder.

A pesar de dar por acabado el acuerdo, que hace poco nos había presentado como la quinta maravilla de su arte de negociar, Trump no tiene alternativa a la negociación.

Amenazar con lo que no se puede hacer, como cortar los lazos comerciales con un Estado miembro de una unión aduanera, como España lo es de Europa, y luego cantar victoria cualesquiera que sean los resultados, tiene el límite de la credibilidad.

Como Zelenski parece que le dijo, poniendo la nota de humor negro a la sugerencia de ir a ver a Putin a Moscú: «Sería demasiado peligroso, hay muchos drones ucranianos cayendo por allí». Un buen contraste con la reunión de la Casa Blanca, donde Trump le humilló diciéndole que no le quedaba ninguna carta en la mano.

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