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Opinión | Shikamoo, construir en positivo

Fuegos que no se apagan

Saludos de nuevo, queridos y queridas, bien metidos ya en julio. Saludos sí, como les digo, pero con cierta contención y siendo conscientes de que no podemos calificar a estas jornadas como buenos días, cuando los acontecimientos que nos llegan de Almería son verdaderamente horrorosos. Sí, me refiero al incendio en la zona de Los Gallardos, cuyo trágico balance en términos de vidas humanas es, ya en este momento, demoledor. Terrorífico... Al menos doce personas fallecidas y veintitrés personas en paradero desconocido o no localizadas en el momento de redactar estas letras. Un desastre en toda regla que será, como poco, el tercer incendio en la historia de España en cuanto a pérdida de vidas humanas...

Dicen los especialistas en la materia que el fuego en cuestión no se puede calificar como de sexta generación. Ya saben, estos incendios masivos, rápidos y de muy difícil control y apagado que se producen merced a la concatenación de diversos factores hoy cada vez más presentes y con mayor intensidad. Aún así, algunas de las características de este incendio le hacen también complejo. Se habla de que la zona, de orografía compleja y generalmente más desértica, estaba este año más colonizada por herbáceas y matorral debido a las intensas lluvias, y que el fuerte calor que nos acompañó posteriormente hizo que tal material se tornase en pura yesca, al haberse secado completamente y permanecer en el terreno. Con todo ello, más unas condiciones climatológicas también severas en términos de calor en este momento, la reactividad de tal combustible vegetal en presencia de oxígeno es alta, y basta una pequeña energía de activación para que el proceso de la combustión se desencadene y llegue a magnificarse, con consecuencias impredecibles. Es evidente, por lo que nos cuentan los y las profesionales del periodismo desplazados al lugar, que la zona cero de la tragedia ha sido un verdadero infierno, con nula o muy difícil escapatoria en muchos casos.

Con todo, de todo —incluso de lo más luctuoso y duro— hemos de sacar una lección que sirva para que tales cosas no vuelvan a ocurrir, y para que el horrible balance de personas fallecidas o cuyas vidas han sido de cualquier forma truncadas, no sea uno más en un suma y sigue de diferentes ocasiones semejantes... Y esto pasa, queridos y queridas, por una mucho mayor prevención y por políticas forestales adecuadas para el contexto en el que nos encontramos. Algo que en Galicia deberíamos tener muy claro, porque nos puede ir la vida en ello... ¿No? Echen ustedes, por Dios, una miradita a nuestros montes...

Pasemos al caso general, mucho más allá de las condiciones concretas acaecidas en la terrible catástrofe de Los Gallardos. Y, miren, hay dos factores fundamentales en el desarrollo y evolución de los incendios, independientemente de cuál sea el evento —fortuito o provocado— presente en su génesis. Uno de ellos es tiene que ver con la climatología y, más en particular, con el cambio climático. Más calor, fenómenos climatológicos más extremos y más energía acumulada en la atmósfera, con violentos episodios incluyendo fuertes vientos —¡cuidado!, que su papel en los grandes incendios es crítico—, tormentas más violentas y más episodios extremos, con una tendencia de paso a un escenario de dos estaciones reales, fría y cálida, con una transición entre ellas más brusca y corta. Y es verdad que contra este primer factor poco se puede hacer desde la perspectiva del corto plazo y de la situación aguda. Pero respecto al segundo factor, y lo dicen los ingenieros de montes y otros especialistas desde hace tiempo, bien podríamos afrontar un cambio profundo, con muchas más garantías y salvaguardas. Y es que el almacenamiento en el monte de miles de hectáreas en continuo de especies pirófitas hacinadas, pura yesca, choca frontalmente con cualquier lógica que busque la prevención y el control ante la realidad de esos grandes incendios que, una vez que se producen, son difícilmente controlables. Ese cambio profundo debería incidir en un aprovechamiento forestal mucho más diverso, con usos más tradicionales intercalados con la actividad forestal extractiva más ligada a especies más autóctonas y con menor carga incendiaria, devolviendo además un cierto protagonismo a un rural que fue abandonado en los tiempos de la primera revolución industrial, pero que ahora sí es un escenario compatible con un mayor nivel de desarrollo y de tecnología que antes.

Este segundo factor es crítico también y, como les digo, ahí sí que tenemos capacidad de maniobra. No a corto plazo, ni cargando la necesaria reconversión de nuestro monte solamente en las espaldas de las familias, pero sí con un consenso de país urgente, necesario y hoy ya crítico, sin que las miradas interesadas desde la política o de los intereses económicos a corto plazo sigan enturbiando lo que la ciencia expresa de forma palmaria.

Es necesario mirar al fuego, en materia de prevención, con los argumentos adecuados. Y, a partir de ahí, aquilatar las políticas necesarias para prevenirlo de verdad, que en Galicia están en las antípodas de lo que venimos haciendo durante décadas en materia de modelo forestal... Y es una pena que tengamos que aprender esto a golpe de desgracias...

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