Opinión
Washington y Madrid
Washington y Madrid se parecen poco. Una es una ciudad pequeña, pero la capital del mundo, donde un incalificable presidente está jugando con el futuro de todos nosotros. La otra es una gran ciudad, capital de un país medio de Europa, y donde la gran crispación amenaza a los españoles. No es poco.
Trump, tras los intentos fallidos de negociar con Irán, ha vuelto a sus locuras. Vuelve a poner tarifas arancelarias, desafiando al propio Supremo de su país. Pero lo peor es que el estrecho de Ormuz sigue cerrado. Trump quería asustar a Irán, pero los ayatolás no son ni razonables ni venezolanos, y las hostilidades se han recrudecido. Además, los hutíes —aliados de Irán— amenazan con cerrar el paso al petróleo saudí en la desembocadura del mar Rojo, hasta ahora un alivio al cierre de Ormuz. Y el precio del petróleo ha vuelto a pasar la barrera de los 100 dólares cuando con la tregua bajó a los 70, tras un pico de 125 al inicio de la guerra.
Las expectativas económicas se han vuelto a ensombrecer. La crisis de mayo y junio no llegó a máximos porque había la impresión de «un arreglo» y porque se liberaron muchas reservas de petróleo. Pero ahora la crisis parece que durará, las reservas no son eternas, puede haber escasez en otoño y el precio del gas natural se ha disparado. El otoño económico parece más otoñal, y si la inflación no se controla —está más cerca del 4% que del 2%, el objetivo de los bancos centrales— estos tendrán que subir los tipos de interés y la economía —estancada en gran parte de Europa— irá a peor.
En América, el precio del galón de gasolina ha vuelto a sobrepasar los 4 dólares, lo que complica a Trump las elecciones de noviembre. Y su equilibrio emocional. Más grave, la deuda soberana, con la que los estados financian su déficit, ya se ha encarecido y dificulta la gestión de los gobiernos. El bono americano a diez años ha pasado del 4%, antes de la guerra, al 4,70%. E igual en Europa. El bono alemán bordea el 3,20% —el más alto desde 2011— y Francia y Gran Bretaña están acogotadas con el bono francés al 4% —peor que Grecia— y el inglés al 5%. Pésima noticia para el nuevo primer ministro del Labour, que necesita gasto social para recuperar aliento electoral.
La gran pregunta. ¿Puede Trump sobrepasar los límites de la guerra? Esperemos que no, pero hoy es más posible que antes de Irán, cuando Ormuz estaba abierto.
¿Y Madrid? Aquí solo nos podemos dañar los españoles. Lo bueno es que como España crece más, el bono a diez años está en el 3,65%, muy por debajo del 5% de Gran Bretaña, cuando la deuda sobre el PIB es igual (102%). Tenemos más margen. Lo malo es el bloqueo. El Gobierno no tiene mayoría y el jueves perdió por segunda vez —contra el PP, Junts y Vox— la votación del techo de gasto, clave para los presupuestos. ¡Toda una legislatura sin presupuestos! Pero el PP tampoco puede (Vox y Junts son incompatibles para la operación) ganar una moción de censura.
Y el caso Zapatero —sus explicaciones en TVE convencieron poco— está agrietando la confianza en las instituciones y el crédito socialista. Pero —increíble— Sánchez resiste. El domingo noche estaba en Nueva York en la copa del mundo, el lunes por la mañana en Argel, por la tarde en Madrid recibiendo a la Selección, el martes vio cómo el famoso juez Peinado retenía el pasaporte a Begoña, el miércoles en Valencia, junto a Hereu, en la firma del relevante acuerdo entre Ford y un fabricante chino para revitalizar Almussafes.
Y el jueves logró sacar dos votaciones. Con Junts y la abstención del PP (¿no todo está roto?), la prórroga de las ayudas ante la crisis. Y la de la quita de la deuda autonómica, de 83.000 millones —Andalucía, Cataluña, Valencia y Madrid serán las grandes beneficiarias— con el voto de Junts. ¿Se abre así la puerta al nuevo modelo de financiación autonómica, donde Puigdemont tendrá que definirse? Y queda el decreto de alquileres. Casar a Junts y el PNV con Podemos sería un auténtico milagro.
Pero sin presupuestos de 2027, sin elecciones con un resultado medianamente operativo —nada seguro—, y con una economía mundial a peor, España —y la paz social— podrían sufrir. Sánchez y Feijóo no quieren ver las orejas al lobo. La suerte es que ninguno de los dos es Trump.
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