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Opinión | El correo americano

Efectos del trumpismo cultural

En Hilton Head, Carolina del Sur, he visto una bandera a la venta con una frase: «Libertad. 250 años». Se supone que es un homenaje al nacimiento de la nación norteamericana. Aunque, en realidad, es un eslogan trumpista (la marca oficial de las conmemoraciones del aniversario), la visión personal que ha exhibido este presidente republicano sobre Estados Unidos. Ocurre lo mismo con el uso decorativo del año 1776, fecha de la declaración de independencia, asociada, en determinados contextos, a un determinado tipo de conservadurismo.

Uno de los efectos destructivos de este nuevo nacionalismo es la apropiación de los elementos simbólicos y del significado de la patria, de identificar el país con un movimiento ideológico y con un líder concreto. Estados Unidos es mucho más complejo que todo eso. Quien me señaló el lenguaje codificado de ese souvenir, por ejemplo, no piensa como la persona que promueve esas ideas. Y es estadounidense, tanto o más que los que se creen dueños de la identidad nacional. La situación actual de su país le duele y le avergüenza, no porque lo detesta, sino porque lo ama.

Una de las mejores virtudes de Estados Unidos se observa en sus documentos fundacionales. El hecho de que Martin Luther King no tuviera que recurrir a postulados y constituciones extranjeras para luchar por la igualdad y la libertad prometida. Todo estaba en Thomas Jefferson y en Abraham Lincoln. Del mismo modo que, para combatir el nacionalismo cristiano, no se necesita apelar a corrientes filosóficas lejanas. La separación entre la iglesia y el Estado se contempla desde la fundación y cualquier intento de dar a entender otra cosa es manipulación y engaño.

El logro más dañino de la era Trump es precisamente hacer creer a sus seguidores que solo existe una manera de ver su identidad. La creación de «lo antiamericano», cuando lo verdaderamente antiamericano es lo contrario: discriminar a la gente por su pensamiento, juzgarla por su discurso y sensibilidad y tratar de imponer, de forma autoritaria, una ideología. América es separación de poderes, emprendimiento, libertad de expresión, ilustración y descubrimiento. También es violencia, esclavitud, desigualdad e imperio. El mito quiere descartar una parte de la historia para complacer a los ciudadanos más perezosos y conformistas. Pero lo mejor de este territorio es su superación, sus constantes correcciones, su autocrítica, su democracia entendida como un work in progress, su revolución inevitablemente inacabada.

Lo que hicieron los Padres Fundadores fue algo excepcional. Y, pese a que no eran personas moralmente impecables, sí dieron algunos ejemplos. La integridad en el liderazgo de Washington. La ambiciosa visión que Jefferson reflejó por escrito sobre la igualdad racial, con independencia de su comportamiento hipócrita en relación con la población afroamericana. La admirable posición de Adams ante la esclavitud. La desconfianza de Madison hacia la concentración de poder. El talento de Alexander Hamilton. La genialidad de Benjamin Franklin, a quien debemos una advertencia que hoy, más que nunca, debemos recordar, cuando anunció el sistema que habían instaurado: «Una república, si la puedes mantener».

Gore Vidal, muy crítico con Estados Unidos (especialmente con su política exterior) solía decir que en su país jamás se volvió a ver la grandeza y la altura de miras de aquella generación. No eran autocomplacientes. Tenían inquietudes intelectuales. Eran conscientes de los peligros que afrontaban, incluso en las contradicciones en las que caían. Ahora muchos pretenden usarlos como símbolos de ideas en las que nunca creyeron. Basta con leerlos, conocer sus biografías. Pero es más fácil envolverse en una bandera. ¿250 años de libertad? ¿Para quién? La persona que se hace esta pregunta al tiempo que celebra la grandeza del experimento americano no odia a Estados Unidos. Muy al contrario, representa lo mejor de sus tradiciones.

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