Opinión
María Carreiro y Cándido López
Otra universidad, ¿es factible?
Transcurrida la mitad del mandato del equipo de gobierno de la Universidade da Coruña -UDC-, este parece haber entrado en crisis. Entre los cargos que mudan, dos llaman la atención: el vicerrector de economía y la gerente. De todos conocida la situación económica “heredada”, no semeja una reestructuración baladí. También así lo entienden algunos miembros del Consello de Goberno, solicitando, entre otras medidas, la celebración de elecciones anticipadas. Tal vez sean salvas en un órgano de representación donde se desatiende las voces discordantes.
Durante los últimos veinticinco años, la UDC ha sido gobernada por el grupo Nova Luce. En la última década, trasladó su proyecto mediante eslóganes que han transitado desde una universidad “pública, galega e de calidade”, sumándole “e feminista”, hasta desembocar en una institución “de, para e por todos e todas”. Así lo manifestó el actual rector durante su campaña electoral en 2023.
Verbalizar intenciones provoca proporcionalmente efectos inversos a lo deseado. Quizás es resultado del “café para todos y todas”, para satisfacer a “los nuestros”: los de mi ayuntamiento, mi partido… Todos queremos “lo nuestro”, nuestra facultad, nuestra universidad... “Lo nuestro” deviene en un eufemismo sustitutivo de “los nuestros”. Es un término que convierte lo colectivo en un yo-tribal. Sin tangencias ni intersecciones -¡y mira que hablamos de interseccionalidad…!-. Se celebra y se asume toda expresión individual siempre que no se cuestione la línea marcada por el yo-tribal.
En este contexto, ser rector resulta sencillo: basta ser empático y atender a las solicitudes de diálogo, o no -en nuestro caso-; buscar consensos amplios, sin adoptar ninguna decisión estratégica y/o delicada; e intermediar, sin alterar el statu quo corporativo, aunque sea en detrimento de la calidad. Así mismo, la adecuada gestión y visión estratégica se resiente al rodearse de colegas -vicerrectores- que responden a las distintas fuentes de poder de ámbitos y disciplinas. Sin duda la universidad posee una tradición conservadora, en la senda vaticana y/o militar. El sistema de gobierno y de organización adolece de una transmisión eficiente al grueso del colectivo.
Acostumbrada a la estabilidad y las rutinas, deja de ser un lugar para habitar, y deviene en una fábrica de oficios más o menos cualificados. Materialmente, un “polígono” vacío de estudiantes, que reniega de la vida universitaria. Atrás quedó el fin último: enseñar a pensar. ¿Quién va a la universidad para aprender a reflexionar? En muchos casos dirán que sería perder el tiempo, apartaría al estudiante del éxito laboral y, por supuesto, económico. El rigor y la disciplina son condiciones poco progresistas, que tienen mala prensa, y eso equivale a condenar su uso. ¿Y la curiosidad? Ha sido sustituida por el sucedáneo del culto a lo audiovisual. Pormenores que nos abocan al fracaso y postulan como unos prometedores finados.
Pero aunque desconocemos cómo hemos de enfrentarnos a la enfermedad autoinmune de nuestra institución, confiamos en que recupere su espíritu, fomentando la convivencia y la escucha, o cualquier otra medida que permita revitalizarla. En la universidad los cambios van a ser sobrevenidos e inéditos. El pesimismo es un asunto de la inteligencia; el optimismo de la voluntad proclamó el intelectual Antonio Gramsci.
El futuro está lleno de desafíos, pero también de oportunidades.
Los autores son profesores e investigadores en la Escola de Arquitectura de la UDC
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