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Opinión | Buenos días y buena suerte

Ángel de la Cruz y la magia del Alfonsetti

A la caída de la tarde recorrí Betanzos ondulante, con las pinturas de Las Balconadas sobrevolando las calles como pájaros de fuego, lo que completaba la habitual elegancia de la ciudad. Betanzos acumula muchas capas de historia que surgen aquí y allá formando una extraordinaria gama de colores, mientras la vida cotidiana se extiende sobre el lomo poderoso y antiguo de la urbe. En esa esquina de la Plaza Mayor, o Plaza de los García Naveira, el Teatro Alfonsetti aguarda la mano que despierte la magia antigua de Méliès, cuyo espíritu habitó en tiempos este escenario de más de 140 años, este lugar decimonónico que vio nacer el cine, donde se realizaban espectáculos de movimiento de imágenes antes de que la industria propiamente dicha hubiera comenzado. El Alfonsetti sigue ahí, se diría que imperturbable, y la pasada semana recibió a los participantes en la Semana Internacional de Cine de Betanzos, que ya ha alcanzado la XXIII edición.

Tuve la suerte de presentar una sesión de la Semana por primera vez, acompañando a un grande de nuestro cine más cercano (pero de gran proyección, nunca mejor dicho), un coruñés hasta la médula. Me gustó mucho encontrarme con Ángel de la Cruz, al que no conocía personalmente. Pero sí, claro está, por su estupenda trayectoria cinematográfica (tiene tres Goyas en su haber), ya sea como director o como guionista, también como productor, cercano a la animación durante varios años (El bosque animado, Arrugas…) y, últimamente, más próximo a las narraciones intimistas, no exentas de humor, o incluso al cine muy inquietante, como su película más reciente, La Silla, que cerró este homenaje al director el pasado viernes.

La Semana Internacional no sólo mantiene el espíritu indestructible del Alfonsetti, cargado de historia como casi cada una de las calles de Betanzos, sino que subraya la energía creadora de esta ciudad, y su afán artístico e intelectual, que viene también de muy atrás, y ese gusto exótico que brota desde el Pasatiempo hasta lo más furiosamente contemporáneo, esa libertad que viaja como una bandada de colores por Las Balconadas (con Isabel Pintado organizando esta edición). Con la ciudad abierta de par en par a todos los estratos del pasado. La Historia circula bajo su piel como un río inagotable. Y así, esta muestra de cine. Y este homenaje a los más grandes del cinematógrafo, porque son muchos los que han pasado por aquí (de Luis Tosar a José Luis Cuerda, desde Garci a Coixet. Por citar sólo a algunos).

Recorrimos otra vez la vieja ciudad, sus miembros cambiantes, su ondulante lomo de gato, y, casi empujados por Paz Gago, que dirige la Semana, nos fuimos a hacer la foto frente a Santa María del Azogue, la iglesia del siglo XIV frente a la que también se fotografió Federico García Lorca en su visita a Betanzos de 1932 (estuvo allí unas seis horas, de paso entre Coruña y Compostela, ciudades, entre otras, a las que fue invitado por el Comité de cooperación intelectual de la República): como bien nos enseñó en su día Quique Alvarellos. Lorca aparece en ese par de fotos bien conocidas (nosotros hicimos la del cruceiro, no la de la portada) acompañado de José Barbeito, José Álvarez Sánchez-Heredero, Ramón Fernández Cid y Francisco Esteve Barba. Poco después el poeta andaluz escribiría sus famosos Seis poemas galegos, que le unieron a nuestra tierra para siempre.

Mi encuentro con Ángel de la Cruz me permitió regresar a una cinta suya de 2022, O home e o can, filmada en blanco y negro, como homenaje al neorrealismo en el que se inspira. Hablamos brevemente ante el público del Alfonsetti de esta singular película, de la misma manera que lo hicieron otros invitados a la Semana con otras películas dirigidas, guionizadas o producidas por él. De la Cruz es un hombre alto y tranquilo, de aspecto intimista. Habla en voz baja, sin aspavientos, sin enfatizar jamás ninguno de sus logros.

O home e o can nos lleva inevitablemente a Vitorio de Sica. Dibuja el alma de los pueblos vacíos, donde apenas queda un habitante: aquí, Manuel, un hombre con ciertas capacidades intelectuales mermadas (dicen que la mejor interpretación de Manuel Manquiña), es precisamente el último ser humano de la aldea. Aldea como lugar totémico, como espacio de libertad y memoria. Un viaje a Ourense, para llevar a su perro al veterinario, introduce a Manuel en un doble viaje: encontrar al perro (desaparece de pronto en cuanto llegan al laberinto urbano, que él no puede comprender) y también a su propia hija, que fue llevada en tiempos a la ciudad y de la que le dijeron que estaba muerta. Él piensa que está viva y lo repite como un mantra. Es un viaje de búsqueda, de gran dureza, en el que surge también una inesperada amistad. Le dije que el viaje de Manuel era también un homenaje a La Odisea. «No me lo habían dicho, pero creo que es muy cierto», admite De la Cruz, mientras pasa la sombra inevitable de Nolan. «Manuel sólo quiere volver a casa, aunque no sabe cómo hacerlo, porque sólo hay trampas en el camino». Y también quiere volver a cierto tiempo de felicidad que le fue arrebatado.

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