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Opinión | Buenos días y buena suerte

Cuando Europa pierde el espíritu humanista

Han pasado apenas cinco días, pero la avalancha inmigrante de Ceuta late ya como un asunto algo lejano, una de esas cosas que suceden al sur del sur de Europa, al menos por lo que se refiere a los jóvenes muertos. Nos vamos hacia el interior de agosto, que siempre fue una manera de huir. La protección del olvido. Claro que la distancia mental tiene poco que ver con la distancia física. Queremos desconectar de este verano que no da tregua, pero muchos de esos jóvenes, al parecer engañados, o que siguieron simplemente la marea humana de la desesperación, continúan deambulando por las calles de Ceuta y pidiendo un poco de comida (ayer se les citó para el reparto de raciones).

De Europa se espera una actitud humanitaria, no propagandística ni populista, como hicieron, de manera inexplicable y triste, algunos países. España se encontró de frente con el grave problema, pero, como dice Vivas, tal vez no acertaron a valorar el tamaño de lo que se avecinaba. Sorprende, en este mundo tan vigilado. Se apagará el eco de la tragedia y no se sabrá qué sucedió realmente. Pero los muertos serán siempre los muertos y me temo que casi nadie hablará de ellos, anónimos y pobres. Ni quizás las familias, porque tendrán familia, logren jamás una explicación coherente. Todo está lejos, todo está envuelto en la bruma de los actos de desesperación.

Cuando Europa pierde el espíritu humanista, pierde su alma. Y mancha su proyecto. Decimos que no puede volver a suceder lo que sucedió en Ceuta, pero en realidad habría que decir que no puede volver a suceder lo que sucedió en algunos lugres de Europa. Porque la Unión nunca debería parecerse, en nada, a los Estados Unidos de Trump. Lo han hecho gobiernos y políticos de ideología poco compatible con el espíritu de la Unión Europea, eso es bien cierto, pero, antes de mirar la agenda electoral doméstica, deberían recordar sus propios problemas migratorios, sus actitudes, y cuál ha sido la actitud de España con ellos en no pocos momentos de dificultad.

En apenas segundos, y antes de contar los muertos en el mar y de hablar de ellos, algunos se han apresurado con la calculadora política. Es insoportable. Esto es lo que daña de verdad el futuro de Europa y lo que los ciudadanos no podemos permitir, si queremos conservar lo que este continente significa. Y esto es lo que nos hace dudar de la política que piensa primero y sobre todo en sí misma, en sus resortes, en sus oleajes, en su conveniencia partidista. La política que devora política, que engorda con ella, que busca afianzar su electorado por encima de todo, alimentarlo y nutrirlo a los pechos de los males que ofrece el día, que casi nunca faltan, mucho antes de preguntarse, si es que llega a hacerlo, por el tamaño de la catástrofe humana y por sus auténticas causas. La verdadera prioridad, antes que un país o una bandera, antes que cualquier país, es el ser humano. Todo lo demás es ruido y furia.

Hemos oído hablar mucho más de la batalla política que de los muertos en este episodio desdichado. Al menos, por parte de algunos. No es ya cuestión de cómo se inflaman las fronteras (esperable, en un mundo poblado por la desigualdad y los conflictos bélicos que se ceban con los humildes), de cómo se juega sobre el tablero geoestratégico desde los grandes núcleos de poder del mundo. Escuchamos a diario las barbaridades de algunos líderes globales, y de otros no tan globales. No es ya cuestión de que impere ahora mismo en el planeta una peligrosa tendencia autoritaria y excluyente, que quiere regresar a una visión retrógrada y caduca del mundo: el aislamiento, el cierre de la riqueza tras los muros, y un orden dominado por un supremacismo de la peor especie. No es ni siquiera eso, con ser mucho. Es simplemente una cuestión de respeto al ser humano, venga de donde venga.

Conceptos como la empatía, la humanidad, la compasión, parecen de pronto ajenos a cierto tipo de política. Algunos defienden con infinito descaro la fuerza como la medida de todas las cosas, como lo único que rige el mundo contemporáneo. Parece más bien un brusco regreso a la Prehistoria. Pero ¿no suele afirmarlo, tan ufano, Stephen Miller, asesor de Trump, arquitecto (o eso dicen) de su política migratoria, como si hubiera que darlo por sentado? La tolerancia cero que predican es sólo el triste espejo en el que se refleja el egoísmo, el supremacismo, la ignorancia y la inhumanidad. Europa no puede ceder ante todo esto. No puede dejar que le arrebaten su espíritu humanista, que tanto frustra al neofascismo, porque la Historia ha de servir para algo.

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