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Opinión

Migrantes para tapar áticos

En la era de las viralizaciones globales, las imágenes de miles de jóvenes disponiéndose a entrar de golpe en un país vecino no pueden ser producto de ningún movimiento espontáneo. Lo que se ha buscado, por encima de todo, es impacto mediático, sensación de apocalipsis, caos absoluto. El término que se quiere imponer en las redes es «invasión», la palabra que usó Elon Musk y que repitió como un loro toda la derecha extrema. La segunda fase de la calculada ola mediática son los saqueos de tiendas y los desórdenes públicos. ¿Dónde se ha escrito el guion de este apocalipsis migratorio?

Para que quede claro y no nos llevemos a engaño: las puertas de Ceuta no las ha abierto Marruecos, sino Trump. O mejor dicho: la dictadura marroquí es solo el mayordomo de la extrema derecha americana, que tiene en el Gobierno de izquierdas de España una insoportable espina clavada. Demasiadas humillaciones recibidas en las cumbres de la OTAN, en las redes sociales, en las manifestaciones contra Israel, en la conversación global. El encanto internacional de Sánchez y su aura antifascista debían recibir un escarmiento, y el fascismo trumpista ha decidido abrir las puertas del infierno.

A los pocos minutos de la riada de Ceuta, Trump atribuyó el fenómeno «a las políticas de la extrema izquierda», usando el mismo lenguaje que algunos de nuestros opinadores patrios. En la subasta planetaria de los ultras, la España de Sánchez es la última gran pieza de caza mayor; de ahí que, de Musk a Milei pasando por Meloni, Abascal u Orriols, todos hayan salido a recitar la misma letra del mismo librillo. Marruecos, de paso, se venga del viaje de Sánchez a Argelia y logra cobrar un precio por la retirada, pero en esta partida planetaria el rey marroquí es simplemente un aprovechado lateral de los depredadores globales.

¿Y en Madrid? Feijóo y Abascal, como siempre, a remolque, surfeando la ola global. Con la crisis ceutí, el PP disimula que a la presidenta madrileña la hemos vuelto a pillar con un ático entre las manos. Nada como unos cuantos inmigrantes para tapar que Ayuso iba a comprarse un inmueble con dinero público, la tercera vez que —tras el apartotel del covid y el piso del novio— se ve involucrada en trapos sucios inmobiliarios. En la comunidad de España donde más ha subido el precio de los pisos, donde la vivienda se ha convertido en un lujo para ricos, la presidenta sigue jugando al Monopoly con el dinero ajeno. En cualquier país mínimamente serio, se iría a casa por mucho menos que este gigantesco escándalo. En Madrid, basta el trabajo minucioso de los matones de Trump para volver a socorrer su podrida política institucional.

Los ríos de gente saltando el espigón de El Tarajal nos han enseñado a discernir, al menos, que no estamos ante un movimiento migratorio, sino, simple y llanamente, ante una venganza. La derecha global embiste rabiosa el último bastión de la izquierda. Mientras, en la aldea gala de Sánchez, bombardeada por tierra, mar y aire, solo queda un verbo: resistir.

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