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Opinión

Un nuevo concepto de éxito

No hace tanto el éxito tenía unas coordenadas fijas. Un título universitario, un puesto de responsabilidad, una hipoteca pagada, una jubilación tranquila... El éxito era una escalera y ascender por ella era la prueba de que algo se había hecho bien. Ese relato, heredero de la meritocracia industrial del siglo XX, sigue circulando en discursos de graduación y manuales de recursos humanos. Pero cada vez describe menos el mundo real.

Lo que hoy mueve la aguja de la economía global no son los currículums ni los balances trimestrales de las empresas tradicionales: es la relevancia cultural, un motor que es capaz de convertirse, casi en tiempo real, en dinero contante y sonante. Y no hay ejemplo que lo ilustre con más precisión que el denominado «efecto Netflix».

La plataforma lleva años defendiendo su impacto en la sociedad como argumento de éxito. Las cifras provocan vértigo. Aseguran que, en la última década, han aportado más de 325.000 millones de dólares en valor añadido bruto a la economía global. Han rodado en más de 4.500 ciudades y pueblos del mundo, haciendo que los lugares vistos en sus producciones tengan 2,4 veces más probabilidades de convertirse en un destino de viaje. Es cierto que son datos de parte y, por tanto, conviene leerlos con el espíritu crítico que merece cualquier informe corporativo. Pero el mecanismo que describen (cómo la ficción se transforma en turismo, gasto hotelero, billetes de avión o decisiones de consumo muy concretas) es perfectamente verificable.

Lo interesante del «efecto Netflix» no es ya que una serie impulse viajar a ciertos lugares o que un estreno haga que la novela que lo inspiró vuele de las estanterías de las librerías. El factor diferencial es que la compañía ha convertido ese fenómeno tanto en modelo de negocio como en argumento de peso político y económico. Netflix ya no se presenta ante los gobiernos únicamente como compañía de entretenimiento sino como agente de desarrollo económico local. Este cambio en el discurso (de contar historias a generar valor económico añadido) es el que mejor resume la reconfiguración del éxito que vivimos. Ya no basta con ser visto. Es necesario que existan huellas de tu relevancia. Ese mecanismo también se hace evidente en otros ámbitos, como la música. Pensemos, por ejemplo, en Taylor Swift y su gira The Eras Tour, cuyo impacto económico en las ciudades de sus conciertos era más que evidente. Otro tanto cabe decir de Bad Bunny, que decidió invertir la lógica habitual de las giras. Antes de recorrer el mundo con los conciertos, llevó a sus fans a su residencia de Puerto Rico, convirtiendo la isla durante meses en destino obligado.

Pero a diferencia de Swift y Bad Bunny, que generan un impacto intenso pero concentrado (una ciudad, unas fechas y un pico de gasto), el efecto de Netflix es constante y silencioso. Se apoya en una red permanente de miles de rodajes simultáneos en miles de localidades. No tiene la visibilidad mediática de un estadio lleno, pero sí un efecto acumulativo evidente tan pronto el contenido se estrena en la plataforma.

Todo esto tiene un pero. Sí, hoy en día la relevancia cultural es rentable, pero también profundamente volátil. Lo que hoy genera un impacto económico directo puede desinflarse en cuestión de semanas si el algoritmo, el ciclo de noticias o el gusto colectivo cambian de dirección. Nada de esto significa que el éxito clásico (como las audiencias, las ventas o los premios) haya desaparecido. Sigue siendo, para un amplio sector de la industria, la vara de medir cotidiana.

Un Emmy, un Grammy o la recaudación en taquilla otorgan un tipo de legitimidad que ningún pico viral sustituye del todo. Pero hay que reconocer que, en paralelo, se ha instalado otro sistema de valor, muy visible en el debate público, que premia algo distinto: no el reconocimiento puntual sino la capacidad de generar una huella sostenida en el tiempo, capaz de reactivarse una y otra vez. Ese es, en el fondo, el verdadero indicador del nuevo éxito: no el destello inicial, sino la capacidad de una obra, un artista o una marca de seguir generando actividad económica mucho después de que el ciclo de noticias haya pasado a otra cosa.

La cultura ya no se limita a acompañar a la economía. También la activa. En esa nueva forma de entender el éxito es donde se juega buena parte de lo que hoy entendemos por triunfar, una mesa a la que cada vez menos agentes son capaces de sentarse.

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