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Opinión

Una borrega más

Hay algo extraño y a la vez maravilloso en esos momentos en los que medio mundo parece estar pendiente de lo mismo. Pasa con la final de un Mundial de fútbol o con un eclipse total de Sol. Yo acabo de volver de Menorca, donde lo vi rodeada de cientos de personas encima de una roca en medio del mar. Habíamos comprado billetes, buscado el lugar perfecto, consultado mapas, previsiones meteorológicas y aplicaciones para saber exactamente dónde colocarnos. Durante unos minutos todos estábamos pendientes de lo mismo. Y fue precioso. Energéticamente brutal. Pero mientras miraba a toda aquella gente pensé: si somos capaces de desplazarnos cientos de kilómetros para ver cómo la Luna tapa el Sol durante unos minutos, ¿por qué no hacemos lo mismo para parar una guerra, protestar contra la especulación inmobiliaria o luchar contra el machismo?

Y la respuesta me la ha dio la trabajadora de un bar del aeropuerto de Menorca. Mi vuelo salía con retraso y me senté en un restaurante donde apenas había gente para hacer tiempo mientras consultaba mi móvil. Y una camarera, de muy malas maneras, me echó porque no estaba consumiendo. Me sentó fatal. Durante unos segundos pensé en entrar en Google y escribir una reseña poniéndola a parir. Pero no lo hice. Y no porque la mujer me diera pena. No. No lo hice por mí. Porque no me apetecía gastar energía en algo que me había hecho sentir mal. Escribir la reseña significaba volver a enfadarme, reconstruir la escena, buscar el establecimiento y alimentar el malestar. Y quizá ahí esté parte de la respuesta. La diversión seduce. La indignación agota. La vida es corta. Tenemos trabajos, problemas, hipotecas y suficiente mierda cotidiana como para meternos voluntariamente en otro conflicto cada mañana. Por eso es tan importante decidir en qué batallas te metes y en cuáles no. No podemos estar siempre enfadadas y guerreando. Es agotador. A veces también necesitamos dejarnos llevar, formar parte de algo superficial y disfrutar sin más. Sentirse parte de una comunidad sienta bien. Así que sí, soy una borrega más, con un millón de fotos del eclipse en el móvil que no voy a volver a mirar jamás.

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