Opinión | Oriente medio
Afganistán: cinco años de miseria, represión e hipocresía
Mientras unos países se debaten en cómo se puede ayudar a los afganos sin reforzar a sus gobernantes, otros como China se han apresurado a tomar posiciones de ventaja
Hace cinco años que Afganistán quedó abandonado a su suerte, con los talibanes nuevamente empeñados en imponer su extrema versión del islam. El panorama en aquel momento distaba amargamente de la visión paradisiaca que se afanaban en transmitir Washington y el resto de capitales occidentales, implicadas en la mayor operación de la OTAN durante los 20 años previos. Ni el grueso de sus 45 millones de habitantes lograban cubrir sus necesidades básicas y ejercer sus derechos fundamentales, ni se había logrado estabilizar el país y encaminarlo hacia el desarrollo. El regreso de los talibanes ha empeorado aún más aquella desastrosa situación.
Dado que no existen estadísticas fiables, es imposible determinar con precisión hasta dónde llega el malestar socioeconómico agravado por la nefasta gestión del Gobierno talibán. En todo caso, como señala el Comité Internacional de Rescate, basta con recordar que la mitad de la población depende vitalmente de la ayuda humanitaria para hacerse una idea aproximada de las penurias derivadas del colapso de la economía nacional, la persistencia de una sequía que ya se prolonga por seis años y el impacto del retorno forzado de unos 3 millones de afganos expulsados de Pakistán e Irán. Ni en su primer Gobierno (1996-2001) ni en este quinquenio han sabido los talibanes enderezar el rumbo de un país eminentemente agrícola (con el cultivo de la amapola opiácea como único producto de exportación, ahora reprimido), rural (solo la quinta parte de la población habita en ciudades) y con un potencial de riquezas en su subsuelo todavía inexplotable.
Simultáneamente, su iluminado rigorismo ha impuesto una represión generalizada que solo puede presentar como efecto positivo la anulación de muchos de los grupos armados que anteriormente pululaban en el convulso escenario afgano. El elemento más aberrante de su deriva ideológica es la práctica supresión de las mujeres de la vida pública, enclaustradas como objetos sin autonomía de ningún tipo. A eso se suma el castigo a cualquier señal de disidencia o crítica a sus postulados doctrinales en todos los ámbitos de la vida nacional, ahogando no solo el presente de Afganistán sino también su futuro a la espera de que algún día el delirante emirato islámico vuelva a caer.
Esa miseria y esa represión omnipresente no serían posibles sin la hipocresía mostrada por quienes en su día se presentaron como salvadores de la sufrida población afgana, cargados con sus pretendidos reclamos de democracia y derechos humanos. No cabe olvidar que, hasta que posteriormente fueron demonizados, los talibanes fueron, desde su arranque en 1994, el instrumento occidental empleado para estabilizar el país. Los mismos, con EEUU a la cabeza, que hace cinco años, tras cosechar un rotundo fracaso tanto en términos de seguridad como de bienestar, abandonaron el país, dejando a los talibanes como sus renovados dueños. Desde entonces, aunque ninguno de ellos se ha atrevido a reconocer al nuevo régimen, en su conjunto se han dedicado a recortar el volumen de ayuda a una población desesperada y a conceder con cuentagotas algunos visados que, en todo caso, han servido para salvar algunas vidas.
Entretanto, mientras unos se debaten en cómo se puede ayudar a los afganos sin reforzar a sus gobernantes, otros se han apresurado para tomar posiciones de ventaja. China es el caso más destacado, admitiendo un representante diplomático afgano en Pekín, pensando en la potencial explotación de las riquezas que alberga el subsuelo afgano en minerales críticos en la competencia tecnológica que mantiene con Washington. Rusia, por su parte, no solo sacó a los talibanes de su lista de organizaciones terroristas, sino que, hace ya un año, fue el primer país en reconocer formalmente al régimen talibán. Por último, el pasado 23 de junio la propia Unión Europea dio el paso de recibir a una delegación talibán con el propósito de definir una fórmula que permita a los Veintisiete devolver a Afganistán a los refugiados que no deseen mantener en sus territorios.
Pragmatismo le llaman a lo que solo cabe calificar como amnesia interesada sobre los errores cometidos e hipocresía al mencionar unos valores supuestamente absolutos.
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