Opinión | Personas mayores
Caducados para la vida
¿Por qué nos parece asumible que personas de edad avanzada pasen la canícula sin aire acondicionado en las habitaciones de sus residencias? No estamos hablando de un lujo, sino de dignidad
Aparcamos a nuestros mayores como si estuvieran caducados para la vida. Están, pero ya no son. O, al menos, ya no son tanto. Menos que antes, menos que nosotros. Y, poco a poco, sus opiniones importan menos, sus necesidades parecen menos urgentes, sus ilusiones se hacen más pequeñas y nuestras ganas de compartir con ellos, también.
Como si atenderlos, dedicarles tiempo, acompañarlos, escucharlos o simplemente estar a su lado pudiera frenar nuestra carrera apoteósica hacia el mismo lugar en el que ahora están ellos: la vejez. Nuestros mayores no han dejado de ser personas porque hayan envejecido. Siguen teniendo calor, frío, miedo, angustia, soledad.
La pregunta es sencilla: ¿cuántas de las últimas noches tórridas que se han registrado este año habéis soportado sin aire acondicionado? Yo, ninguna. Entonces, ¿por qué nos parece asumible que personas de edad avanzada, muchas de ellas con una salud debilitada, pasen esas mismas noches en una residencia sin aire acondicionado en sus habitaciones? Quizás porque ellos no se quejan. Y a nosotros ya nos está bien que no lo hagan. No estamos hablando de un lujo. Ya no. Estamos hablando de dignidad.
Las consecuencias del cambio climático no eran ni impredecibles ni halagüeñas. Pero las residencias se rigen por un decreto de 2015, obsoleto cuanto menos y especialmente inhumano cuando hablamos de centros anteriores a 1987. Por resumir: en el mejor de los casos, basta con que haya algún aparato de aire acondicionado en una zona común para cumplir la normativa. Aunque las habitaciones de los residentes sean un infierno en llamas. Así, mientras nosotros disfrutamos de unos días de descanso, huyendo de la canícula o buscando la manera de hacerla más soportable, y ni imaginamos alojarnos en un hotel sin aire acondicionado, ellos ven pasar las horas —les apetezca o no— en el comedor o en cualquier otra estancia de la residencia que sí tenga aire.
Comparto que la Administración debe realizar todas las modificaciones necesarias para adaptarnos a una nueva realidad climática que no puede dejar atrás a los más mayores. También que debe reforzar las inspecciones, que sean estrictas y habituales. Pero no puedo dejar de pensar que muchos de esos ancianos son nuestros ancianos. Nuestros padres. Nuestros abuelos. Nuestros tíos.
Y ahí está, quizá, la parte más incómoda de todo esto. Mientras nosotros huimos del calor, ellos esperan a que pase. Como si envejecer significara, también, acostumbrarse a necesitar menos. Como si ya no importara tanto que tengan calor. Pero sí importa. Y algún día, si tenemos suerte, nosotros seremos ellos. Por eso, no se me ocurre un refugio climático más efectivo que un helado compartido con ellos. Una silla al fresco mientras nos cuentan sus cosas. Un beso de sus nietos. Hay un calor que sí necesitan y les refresca: el nuestro. Estar, pero también ser. Importar. Tanto como nosotros.
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