Opinión
Demasiada energía para después del verano
Buenos días, amigos y amigas. Les saludo de nuevo, ya enfilando lo que será la última semana del mes de agosto, desde este verdadero refugio climático en el que se ha convertido buena parte de Galicia. No sé cuál es su experiencia si han tenido la oportunidad de salir este verano de aquí, pero en los pocos días que yo he podido estar fuera he constatado lo que de otra manera ya sabíamos, consultando las tablas de temperaturas máximas y mínimas de muchos otros lugares de la Península Ibérica. Y eso no es otra cosa que la radicalización de las altas temperaturas en buena parte de nuestro país, hasta extremos que empiezan a ser difíciles para la vida diaria...
Tal situación implica, entre otras consecuencias, el sobrecalentamiento del agua del Mediterráneo, lo cual a medio plazo puede tener a su vez otros efectos muy indeseados: la gota fría de siempre, ya saben, en la que tristemente hay un patrón que liga exclusión y daños, de forma que no son los que más tienen los que, generalmente, experimentan más las causas de tales fenómenos. Y es que la construcción en zonas sensibles cerca de barrancos y rieras está relacionada con menores niveles de renta disponible... Vulnerabilidad previa, como siempre, presente en la etiología de los grandes desastres, aquí y en cualquier lado del planeta en el que pongamos la mirada.
Este año es muy probable, así, que las depresiones aisladas en niveles altos, las danas, las grandes masas de aire frío que en unas semanas lleguen encima del Mediterráneo provoquen enormes y violentas precipitaciones, al encontrarse con el agua sobrecalentada del mar, pudiendo traducirse eso en una posible gran «gota fría», quizá más intensa aún que otras que han hecho mucho daño últimamente en lugares como Valencia o, en general, el conjunto de la costa este del país.
Sí, demasiada energía en el sistema, que se puede evidenciar de forma despiadada después del verano...
Pero, ya ven, me preocupa incluso más toda la energía que está también en el ambiente político en este país y, de forma paralela, también en nuestra sociedad. Toda la radicalización y polarización que, mucho más allá de los inocentes parámetros físicos de la atmósfera, se palpa también en nuestro grupo humano, con especial incidencia en los partidos políticos y en sus gentes. Una gigantesca olla hirviendo que también implica muchos posibles efectos adversos en términos de un empeoramiento de la convivencia, y que creo que también alcanzará su punto álgido después del verano, teniendo en cuenta que dentro de un año, exactamente, tendrán que verificarse las próximas elecciones generales, cuya fecha límite de celebración está en el 22 de agosto de 2027. Algo que, más allá de su pertinencia como parte de la normalidad democrática, también supone un hito clave en la industria del poder, teniendo en cuenta que son muchos los intereses que se manejan en determinados ambientes en relación con tales comicios, y que son también muchas las personas cuya peripecia personal depende directamente del resultado de los mismos.
Así las cosas, auguro también una gota fría constante, salvaje, violenta y llena de bofetadas y zancadillas en el ámbito público una vez que termine este momento relativamente más tranquilo ligado al mes de agosto. Y sí, en este caso también todo ello tiene que ver con la energía en el sistema, con la hipertranspiración que se percibe en los mentideros de la política y con una situación y un contexto general donde la ultraderecha mete codos a cualquier precio para hacerse con un hueco en los sentimientos, emociones y presuntos razonamientos de una mayoría... Algo que está pasando en Europa y en el resto del planeta claramente y que sabemos, si miramos con sosiego y detenimiento la Historia, que nunca lleva a nada bueno...
En fin, queridos y queridas... Ustedes disfruten del verano que queda, si pueden, y déjenme que yo siga reivindicando consensos, afectos, diálogos y altas dosis de cordura, porque lo que se presenta en el horizonte son fuertes tormentas, tanto desde el punto de vista meteorológico como del que tiene que ver con nuestro futuro colectivo. Verdaderos cataclismos que siempre lo arrasan todo y que nunca terminan construyendo nada, por mucho que lo hayan prometido. Una, otra vez y siempre, aquí, en Colombia, en Estados Unidos, en Argentina, en Italia o donde a ustedes se les ocurra...
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