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Opinión

Por ellas

El 15 de agosto de 2021, manadas de búfalos en estampida polvorienta volvieron a entrar en Kabul atravesando valles, llanuras y montañas. A su paso, arrasaron toda simiente, toda siembra y todo lo construido por sus moradores y moradoras a lo largo de los últimos veinte años. La llave de entrada les fue entregada por sus propios libertadores y defensores (gobiernos americanos y europeos) que, a traición, se dieron a la fuga, también en estampida, dejando al abandono al confiado pueblo afgano, sobre todo a millones de mujeres y niñas.

Afganistán ha sido convertida en una inmensa prisión regentada por solo hombres. Taimados y crueles búfalos que se han constituido en carceleros políticos, sociales y familiares de las vidas presentes y futuras de la mitad de la población afgana, a la que, de un tajo, han segado sus sueños.

En los últimos cinco años, un viento abrasador borró el horizonte femenino. Un terremoto de máxima intensidad abrió la tierra a sus pies tragándolas, en caída libre, hasta la nada donde nada existe, tan solo desesperación, tristeza y pánico. Una lluvia torrencial arrojó a las alcantarillas sus básicos derechos: al trabajo, a la educación, a la formación, a la salud, a la seguridad, al acceso a la justicia, a sus cuerpos, al ocio, a la vida cotidiana…

De la noche a la mañana, esos millones de mujeres y niñas fueron encerrados en sus casas, sin poder salir solas, salvo en compañía del macho, su amo y guardador de las buenas costumbres.

Al poco de llegar a Kabul, al poder, esos hombres fanáticos y misóginos invisibilizaron bajo túnica carcelaria de cabeza a pies a la mitad del cielo.

Han pasado cinco años y el nuevo código penal les sigue permitiendo detener, privar de libertad sin limitaciones, violar, torturar y matar a su libre albedrío. Porque sí, porque están en su derecho, porque ellas son mujeres, animales a su servicio con menos valor que un camello.

El apartheid por razón de género está servido en bandeja, según el informe del relator especial de la ONU para los derechos humanos en Afganistán.

Vidas sin vida. Legalización en el nuevo código penal de la violencia de género, de los matrimonios forzados, de la pederastia en matrimonios con niñas a partir de los siete años, de la trata, del castigo sin más.

Y sigue el listado: prohibición de la educación secundaria a las niñas a partir de los siete años, expulsión de las jóvenes de la universidad, profesionales sin profesión… más abajo de la nada todo es posible.

¿Y ahora qué? Ahora que el pasado 15 de agosto se cumplieron cinco años de talibanismo , ¿qué hemos hecho? Pues olvidarlas, abandonarlas en el infierno y seguir permitiendo que continúe la impunidad. Solo palabras políticamente correctas, cortinas de humo de la persecución de género.

La UE, que se presenta como defensora de los derechos humanos, ha legitimado el apartheid de género practicado por los esclavistas. No en vano, recientemente los ha recibido en Bruselas para negociar lo innegociable: los derechos de las mujeres y niñas afganas a cambio de dádivas, el refugio afgano para su política migratoria. Vergonzoso estropicio de nuestros valores y principios.

Por ellas, por tantos millones de mujeres y niñas, Afganistán no puede ser una causa perdida ni el fundamentalismo talibán una realidad sin solución.

«Más temprano que tarde sin reposo. Retomarán los libros, las canciones que quemaron las manos asesinas. Renacerá mi pueblo de su ruina. Y pagarán su culpa los traidores» (Pablo Milanés).

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