Opinión
Las siete olas
Escribo, lo he dicho alguna vez, mirando al mar. En realidad, suelo mirar un buen rato al mar antes de empezar a escribir. Luego, en un momento indeterminado que depende de circunstancias que nunca he llegado a explicarme del todo, empiezo escribiendo una palabra que llama a otra, que a su vez llama a otra, y esta a otra más, como si se tratase de una persistente marea.
De vez en cuando una ola rompe más fuerte contra la orilla y levanto la vista para observar el suceso. Me acuerdo, entonces, de unos versos de mi maestro Manolo Alcántara: «Se revelan, inmortales/ las olas a cuerpo limpio./ Cada vez que muere alguna/ la misma ocupa su sitio».
El viento de levante las empuja esta mañana. El levante suele traer una luz acuosa, leve de bruma y algo salobre, que en este sur que habito y que me habita llamamos taró, voz que llegó hace unos tres mil años con los fenicios y que permanece viva.
Pero estaba yo hablando del levante. A veces, cuando se desboca, como hoy, muerde la orilla y la arrastra hasta el fondo. Bajo su influjo se cubre el mar de islillas de espuma. Los pescadores, en su clasicismo, solían decir que parecía que habían salido a pastar rebaños de ovejas.
De niño me contaron que por estas fechas, cuando agosto empieza a cambiar de luz, las mujeres esperaban que llegara un día como hoy, de levante y oleaje, para ir al mar. Entonces era infrecuente que las mujeres se bañaran en la playa, pero en esa ocasión tenían un buen motivo. Una creencia ancestral las movía. En los últimos días de agosto mujeres jóvenes, recién casadas, debían esperar un día de levante, ir a la playa, adentrarse en el agua y tomar siete olas seguidas sin saltarlas. Era una tradición muy antigua. También era condición, decían, que las mujeres estuviesen enamoradas de sus maridos.
Con las olas, explicaban, entraba el amor y quedarían pronto encinta. Desconozco la estadística, que acaso nunca hubo, pero acaso tampoco importe.
Pero esta es una historia de otro tiempo. De cuando las muchachas tenían todavía vestidos de domingo y alguna, de vez en cuando, tomaba los hábitos. De mediopensionistas y de alivio de luto. De papel de barba y cine «matinée». O tal vez un poco antes. Sí, un poco antes. Justo antes de eso. Era ese tiempo en el que no había guerra ya, pero todo seguía doliendo.
Luego fuimos olvidando. Cuando oí contar estas viejas leyendas ya casi nadie seguía los antiguos rituales y al final se han perdido. Solo permanecen en la memoria de quienes, como yo, estamos empeñados en contar historias sabiendo que nadie va a creernos.
Vuelvo a mirar al mar. El levante sigue, en su bravura, mordiendo la playa. Las olas, obedientes, guardan la fila antes de precipitarse contra el rebalaje añorando, quizás, a aquellas antiguas muchachas.
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