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Opinión | Shikamoo, construir en positivo

Ciudad de vacaciones

«Sitios pensados por y para el acarreo de montones de seres humanos buscando sol y playa, y poco o nada más, muchas veces situados en lugares antes de gran valor ecológico, paisajístico o etnográfico, pero hoy irrecuperables»

¡Buenos días! Saludos en este nuevo día, en la recta final ya de este mes de agosto de 2026. ¿Han tenido ustedes vacaciones o son de los que, por el contrario, tienen en el verano el máximo de su actividad laboral, ligados a actividades fuertemente estacionales? Pues ya me contarán, si quieren... El caso es que en nada comienza una nueva etapa, a cinco días ya del otoño meteorológico y a algo menos de un mes del astronómico, con el nuevo curso escolar en ciernes y con una actualidad que, mires a donde mires, mete miedo...

En mi caso, este verano tuve la oportunidad de regresar a algunos destinos en la franja mediterránea de la península. Algunos más conocidos, por ser mucho más habituales para mí, y otros que visito con una frecuencia menor, aunque en todos ellos había estado ya algunas veces. Y, ¿saben?, lejos de suponer tal cosa el supuesto descanso para la mente que se le presupone a las vacaciones, siempre me ocurre allí todo lo contrario. Y es que cuando visito de nuevo el desaguisado producido por la mano de los seres humanos en la costa mediterránea, siempre tengo el mismo pensamiento: ¿de verdad no aprenderemos nada de ello? Pienso que, tal y como van las cosas aquí también, no...

En la franja mediterránea las intervenciones poco afortunadas o que suponen un verdadero atentado contra la Naturaleza se cuentan por miríadas. No hace falta ver el monstruoso esqueleto que preside la playa de El Algarrobico para darse cuenta de ello. Si uno observa la franja construida desde el mar en el entorno de la costa alicantina, o las locuras cerca del mar en Valencia en las que las periódicas y dramáticas inundaciones expresan sin ambages que el agua es la única propietaria en barrancos y zonas inundables en las que se ha construido sin ningún tipo de lógica, se da cuenta de ello. Pero también la destrucción sistemática de villas y pueblos antes con mucho encanto, pero cuya belleza ha sido precisamente la piedra de toque sobre la que se fundamentó su destrucción sistemática da fe de ello. Son en muchos casos ya pueblos muertos para todo lo que no sea el «souvenir» y los carteles de comidas importadas, con miles de almas recorriéndolos para arriba y para abajo sin mucho más que hacer que comprar baratijas y comer, o contratar visitas guiadas de toda índole...

Volviendo a la idea expresada en anteriores columnas, el turismo es importante desde el punto de vista económico, y también ha supuesto un revulsivo para el desarrollo en determinadas zonas antes muy pobres. Y si no, que se lo digan a los habitantes de determinadas zonas del Cabo de Gata, por ejemplo, que con la conjunción de tal llegada de turistas más los cultivos bajo plástico, han sabido transformar claramente su modo de vida. Pero... ¿hasta dónde y a qué precio? Esa es la idea que me propongo trasladarles hoy en estas letras... ¿Cuál es la frontera que no deberíamos cruzar, si es que hay alguna?

Pues, para mí, esta es la que dimana del concepto de «ciudad de vacaciones». Esos engendros en los que ha evolucionado tal modelo hasta sus extremos, en los que solamente hay apartamentos y lugares donde comer —por no llamarles restaurantes en buena parte de los casos—, y donde se hacinan miles de personas en una existencia realmente impostada. Sitios pensados por y para el acarreo de montones de seres humanos buscando sol y playa, y poco o nada más, muchas veces situados en lugares antes de gran valor ecológico, paisajístico o etnográfico, pero hoy irrecuperables. Eso, de cuya existencia hay sobrados ejemplos en nuestro mediterráneo, es lo que se cierne ahora sobre nosotros, verdadero refugio climático en tiempos de desertificación, sequía y dificultades para soportar las altas temperaturas de buena parte del país.

Galicia o Asturias, por ejemplo, mantienen mucho de su esencia, su cultura y su belleza a pesar de los sucesivos avances en su depredación por ese modelo de turismo. Pero la tendencia es al alza, y si no sabemos hacer bien las cosas, con una regulación clara y, sobre todo, con una función inspectora eficaz, los daños pueden ser infinitos. Creo que no podemos abandonar una posición conservacionista que, bien entendida, es compatible con el disfrute de los lugares sin dañarlos ni llevarlos al límite... Algo que no es posible ya en buena parte del Mediterráneo... n

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