Opinión
La industria de la ignorancia
Se presentó como «el gran debate» en internet. Lo moderó Patrick Bet-David. En él participaron dos comentaristas de la derecha estadounidense: Candace Owens y Andrew Wilson. Owens argumenta que no sabemos todo lo que deberíamos saber sobre el asesinato del activista conservador Charlie Kirk. Cree que Tyler Robinson, el acusado de haber cometido el crimen, fue usado como chivo expiatorio, que las autoridades federales mintieron y ocultaron vídeos sobre el suceso y que Kirk fue víctima de una traición interna. Owens propaga teorías acerca del asesinato que involucran a Israel, a Francia y a la propia viuda del activista, Erika Kirk. Andrew Wilson, en cambio, sostiene que no existen evidencias suficientes como para realizar semejantes insinuaciones. Que Owens habla desde la emoción y la fantasía, no desde la lógica y la razón, y dice que, más allá de los rumores, los instintos y las declaraciones de fuentes anónimas, las pruebas apuntan de manera contundente hacia Robinson.
Owens y Wilson proceden del mismo espacio ideológico. Ambos representan al nuevo populismo reaccionario; tienen una visión similar en lo que respecta al papel de mujer en la sociedad, la masculinidad, la inmigración y la religión. Owens se hizo famosa, entre otras cosas, por difundir el bulo de que la primera dama francesa es, en realidad, un hombre. Wilson, que cree que Estados Unidos ha de ser gobernado exclusivamente por cristianos y no le parece comprensible que las mujeres puedan votar, se convirtió en una celebridad en ciertos círculos por debatir con feministas y gente de izquierdas de todo tipo y condición. Los dos son provocadores profesionales. Owens triunfa entre los apasionados de la conspiración y Wilson es admirado en la manosfera.
Owens, sin embargo, no aportó pruebas reveladoras. Pero se mostró confiada, elocuente, rápida, implacable en las respuestas. Wilson, que se presenta como un maestro de la retórica y un campeón del club de debates, parecía ceñirse a su manual del método inductivo. La primera es carismática y funciona muy bien delante de las cámaras. El segundo, a pesar de que se cree mucho más listo de lo que es por arrastrar a una audiencia de jóvenes impresionables, tampoco lo hace mal cuando se trata de polemizar. El debate tuvo mucha audiencia y muchos influencers y streamers lo comentaron. Unos pensaban que lo había ganado Owens; otros estaban convencidos de que Wilson había arrasado.
Y en cierta manera los dos participantes salieron victoriosos, pues consiguieron más visibilidad, más repercusión, más fama, más dinero. Y de eso, en el fondo, se trataba «el gran debate». El que mejor lo expresó (y de esto sabe mucho) fue el moderador, Bet-David, cuando alabó las contribuciones de los participantes, tan solo por el hecho de participar, recordando que así serían más reconocidos. Aunque a Bet-David se le olvidó mencionar a otro ganador, él mismo, ya que con este espectáculo el organizador del evento también conseguía sacar rédito económico e incrementar su popularidad en el mundo de las redes sociales.
Es interesante observar este fenómeno. Hasta dónde ha llegado el nivel intelectual de la batalla política. Es un negocio que funciona porque tiene un público masivo. Y, por tanto, influencia, quizás no tanta como en ocasiones parece, pero desafortunadamente lo suficiente como para no ser desdeñado por aquellos que quieren dedicar su vida al servicio público. Owens es una activista afroamericana que decía cosas escandalosas y atacaba al Partido Demócrata y a la izquierda. Ahora suele criticar a Trump por traicionar al movimiento «América primero» debido a la alianza del presidente con Israel y su guerra en Irán. Wilson es un nacionalista cristiano que parece uno de esos villanos que lideran el patriarcado en El cuento de la criada. Los verdaderos perdedores del debate, claro, son los espectadores, quienes siguen inflando esa industria millonaria de la controversia, la manipulación y la ignorancia.
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