Opinión
María Carreiro y Cándido López, profesores e Investigadores en la Escola de Arquitectura de la UDC
Reestructuraciones urbanas anacrónicas

Caminantes y terrazas en la plaza de María Pita. / Casteleiro
El urbanismo considera el anacronismo como una plasmación artística que no responde a las formas y necesidades urbanas del momento en que se ejecuta la obra. Al respecto, en la ciudad de A Coruña hay tres espacios urbanos en los cuales se desarrollan actuaciones urbanísticas y/o arquitectónicas “de relieve” se prestan a ser objeto de reflexión: la Plaza de María Pita, el espacio público de los Cantones, y la plaza de San Cristóbal en el frente de la estación intermodal.
Sin duda, uno de los principales retos de los espacios urbanos, en la actualidad, es hacer frente a los eventos extremos como olas de calor, precipitaciones, inundaciones y sequías que cada vez son más frecuentes, duraderos e intensos. Una encuesta del Eurobarómetro, incorporada en la Agenda de la UE para las Ciudades de 2025, evidenció que entre los aspectos que requieren más mejoras en las urbes se encuentran las medidas para hacer frente a fenómenos meteorológicos extremos o desastres naturales.
Transcurridas casi cuatro décadas, y después de comprometer el nivel del subsuelo con el uso de aparcamiento en los tres espacios, se interviene en estos momentos bien con proyectos bien con la realización de obras. En la plaza de María Pita, con la finalización de la concesión de la ocupación de las terrazas, se pretende acometer un nuevo diseño para estos elementos del mobiliario urbano. En los Cantones la intervención alcanza los 9.500 metros cuadrados reurbanizados en superficie. Y en la plaza de San Cristóbal se espera al acabado de la pieza de la estación intermodal para acomodar su funcionamiento al barrio de la Estación.
Las intenciones de proyectistas y gobernantes para dichos espacios semejan loables. Sin embargo la mitigación de los fenómenos climáticos extremos mediante denominadas soluciones basadas en la Naturaleza parecen no tenerse en cuenta a la hora de realizar unas actuaciones urbanas que, como todos conocemos a través de sus antecedentes, van a incidir durante un largo período temporal en el bienestar de la ciudadanía.
En primer lugar, se desestima incorporar al proyecto los niveles del subsuelo, actualmente con un uso de aparcamiento. Una opción que posibilitaría la consideración del terreno como un elemento soporte para implantar vegetación, a la par que introduciría luz y ventilación en espacios que poseen un tratamiento artificial de la aireación. Es evidente que ello conlleva la reducción de las plazas de aparcamiento en estos lugares. Algo que no resulta extraño cuando se estima que una de las mejoras urbanas es la reducción del CO2 provocado por los vehículos de combustión privados.
En segundo, se desconsidera la introducción de suelos permeables. Suelos que permiten el ciclo hidrológico en las ciudades permitiendo la filtración e infiltración del agua y la recarga de los acuíferos existentes, mitigando el ruido y reduciendo el efecto de las islas de calor urbanas. Su mecanismo de regulación térmica —la evapotranspiración— consiente que el agua atrapada en sus intersticios se evapore, enfriando la temperatura superficial de las calles, y al conservar la humedad su temperatura superficial es baja.
En tercer lugar, se relega la introducción de vegetación en los tres niveles posibles: el arbóreo, el arbustivo y el herbáceo o tapizante. La introducción en el estrato arbóreo de árboles de porte intermedio genera una sombra que reduce la temperatura superficial del pavimento de forma significativa, habitualmente entre 10 y 20ºC. La absorción de la energía solar por los arboles asegura que su sombra genere frescor, evitando la irradiación de calor, y se comportan como filtros anticontaminantes que atrapan el polvo, la suciedad o los humos del aire. No cabe duda que una lona, un toldo o un techo de hormigón pueden actuar como barrera solar, pero absorben el calor que más tarde se irradia hacia el suelo. Y sus raíces en el subsuelo actúan como esponjas contra las inundaciones o como anclaje evitando los deslizamientos de tierra en periodos de lluvias torrenciales. Asimismo, la incorporación tanto de emparrados y arbustos en niveles intermedios como de suelos vegetales de hierba o plantas tapizantes, a la par que obran como hábitats para insectos polinizadores, aves y pequeños reptiles fomentando la biodiversidad en ciudades que suelen ser desiertos ecológicos, regulan la temperatura, protegen el suelo contra la erosión al regular el ciclo hidrológico, y contribuyen al bienestar social y ambiental de la ciudad.
En cuarto lugar, se desdeña la incorporación planificada del agua en las ciudades —la infraestructura azul— como una de las estrategias más efectivas para combatir los efectos del cambio climático y mejorar la habitabilidad en los entornos densamente urbanizados. Cuando el agua se integra correctamente mediante ríos urbanos, fuentes, humedales artificiales y pavimentos permeables, se generan impactos positivos directos en la salud pública, la economía y el medio ambiente. El modelo tradicional urbano funciona bajo el lema «evacuar el agua lo antes posible», lo que colapsa los colectores y causa riadas destructivas. El modelo de una ciudad esponja invierte esta lógica bajo cuatro ejes de acción: retención y absorción, almacenamiento subterráneo, purificación natural y reutilización cíclica.
Y en quinto lugar, se subestima el patrimonio arquitectónico al no retirar de las fachadas el cableado aéreo existente, soterrándolo. Unas instalaciones aéreas que en muchos casos ya no cumplen la funciones para las que fueron instaladas.
Es una evidencia contrastada que las soluciones basadas en la naturaleza son estrategias que permiten una mayor resilencia urbana. La aplicación, desde las administraciones locales y autonómicas, de la legislación comunitaria de manera eficiente y eficaz, resultaría clave en la consecución de los objetivos y metas de la UE. Las directivas europeas han provocado que numerosas ciudades hayan adoptado medidas introduciendo la vegetación para paliar los efectos del cambio climático. La ciudad de A Coruña, en medio de estériles debates de embellecimiento, semeja ir a la zaga tanto de las aspiraciones como de las necesidades reales de la ciudadanía para la que supuestamente es remodelada. Las respuestas coyunturales ofrecidas desde las administraciones públicas postergan la planificación urbana estratégica que atienda a las soluciones basadas en la Naturaleza.
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