Opinión
Y llegó septiembre...
Y llegó septiembre, queridos y queridas. Y, con él, mucho de lo cocinado a fuego lento durante el verano. Un estío en el que ya nada es como era, porque ahora no acaban de apagarse los fogones que marcan el ritmo de la actualidad. Pero que sigue conservando la capacidad de amortiguar parte de lo que se pergeña y se vislumbra para otoño. Y hoy, segundo día del otoño meteorológico por mucho que no haya llegado aún la estación como tal, ya es otra cosa... Se ha abierto la espita de la caja de los truenos, y de qué forma...
Y es que, día a día, están cada vez más presentes las costuras internacionales de una trama diseñada con un fin específico mucho más en clave doméstica, y relacionadas con la volatilidad actual en los procesos electorales debido a la gran capacidad de influencia sobre los electores vía segmentación, ocultación, sustitución u otros tratamientos de la información. Algo que no nos debería ser demasiado ajeno, ya que ha trufado parte de los encuentros con las urnas en diferentes países, y que en España ya se ha ensayado en otras ocasiones. Pero algo que está ahí, se le note o no, y que vaya si le está dando juego a determinadas opciones políticas.
Son las opciones que triunfan, por cierto, en buena parte de los países en los que nos solemos fijar. Y que producen no solamente desasosiego, sino la recuperación de ideas que, traducidas en leyes, tienen la capacidad de producir cataclismos. Fíjense, si no lo creen, en el actual debate y modificación de la norma de estos tiempos en Portugal, en un claro retroceso de los derechos adquiridos en materia de diversidad sexual y de género. Algo que no sale por ciencia infusa, o que sea consecuencia de la casualidad, sino el resultado de la aritmética electoral, fruto a su vez de una escora de las urnas hacia posiciones hasta ahora casi inéditas...
Ese es el quid de la cuestión para mí, a la postre... Las urnas... Algo donde todos nos medimos en una métrica 1:1, como tiene que ser, pero que cada vez pone más los pelos de punta. No porque uno no sea demócrata, por Dios, pero sí porque es consciente de que alguien que crea que el cáncer se cura con agua de azahar, la tierra es plana, las vacunas son instrumentos de control de masas, el cambio climático una invención y que lo más «guay» y relevante del mundo que te ha tocado vivir sea pasarte una semana haciendo cola en las rebajas o para ver a trescientos metros a tu influencer favorito, va a tener un voto exactamente igual que el de una persona mucho más centrada, reflexiva y apegada al conocimiento. Sí, eso preocupa, aunque me consta que este es un terreno peligroso para la reflexión, porque hoy no encuentro otro modelo mejor que ese que preconiza «una persona, un voto», por muy patéticos que sean los postulados previos de muchos que votan lo que votan...
Pero no es la primera vez que pasa eso tampoco. Personajes verdaderamente siniestros llegaron al poder en la Historia a través del escrutinio popular. Claro, prometían una sociedad dorada, una raza maravillosa y una alegría constante, combinando todo ello con el más puro odio destilado y preparado para sacar lo peor de cada cual... Y pasó lo que pasó... O pasa lo que sigue pasando, queridos y queridas, en diferentes puntos del cono del espacio-tiempo. Cuando se tensan demasiado todos los factores para un drama, estén más o menos ocultos, —ya hemos hablado mil veces aquí de la matemática Teoría de Catástrofes, de René Thom— el resultado puede ser del todo inexplicable y sorprendente. Y ya sabemos, porque la Historia está plagada de tales cuestiones, que las personas son capaces de lo mejor... pero también de lo peor... Y no es esto algo del pasado, repito, sino también muy evidente en el presente.
En fin, todo ello llega en septiembre, pero también mucho más... Otro día hablaremos, seguro, de aspectos más positivos. Ánimo, que todo llegará...
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