06 de octubre de 2011
06.10.2011

Cayetana y Alfonso, el amor que reta al mundo

Eugenia y Jacobo, hijos de la Duquesa, no acudieron al enlace por tener varicela y estar enfadado con su madre, respectivamente. La mayor terrateniente de España se arrancó por sevillanas al salir de la ceremonia

06.10.2011 | 04:20
Alfonso Díez coloca el anillo a la duquesa de Alba ante la atenta mirada del sacerdote, los padrinos, Carlos Fitz-James Stuart y Carmen Tello, y el resto de los invitados al enlace

Fue exactamente la boda que había estado soñando los últimos meses la duquesa de Alba: un enlace íntimo, lejos de las ortodoxias de la altísima clase a la que pertenece y arropado por el pueblo. Cayetana Fitz-James Stuart, la mayor terrateniente de España, la mujer con más títulos nobiliarios de nuestro país, pasó ayer por la vicaría por tercera vez en su vida, y lo hizo para demostrar su amor por el exfuncionario del Ministerio de Trabajo Alfonso Díez. Finalmente, la noble consiguió lo que quiso, a pesar de las reticencias familiares y los rumores de todo tipo difundidos por la prensa del corazón. Una vez más, se puso el mundo por montera.
Dijo la Duquesa sentirse "muy feliz" tras haber contraído matrimonio y lo refrendó bailando sevillanas ante una multitud de curiosos y periodistas que se agolpaban frente al Palacio de Las Dueñas, en Sevilla, donde se celebró la ceremonia. La mujer, historia viva de nuestro país a sus 85 años, se descalzó y derrochó arte jondo frente a las miradas de todos. De todos, menos de sus hijos Eugenia y Jacobo, que no acudieron al enlace: la primera por sufrir una varicela; el segundo, supuestamente por las declaraciones de Cayetana de Alba sobre su segunda esposa, la periodista Inka Martí, a la que criticó por "envidiosa".
Con un vestido rosa pálido con dos volantes en su parte inferior y un lazo verde en la cintura, diseñado por los modistos sevillanos Victorio y Lucchino, Cayetana se convirtió en la esposa de Alfonso Díez poco antes de las 13.30 horas ante unos cuarenta invitados al enlace. Después de la ceremonia se dio el baño de masas: jaleada con gritos de "guapa" y "vivan los novios", la noble lanzó a los asistentes el ramo de novia —formado por capullos de rosas blancas—, que fue recogido por una joven estudiante de Enfermería.
Fue el primer colofón de una boda que también fue una gran fiesta, feliz y espontánea, y que comenzó horas antes. Por supuesto, los primeros en llegar al exterior de la residencia sevillana de la Duquesa fueron los medios de comunicación —algunos de ellos se personaron en plena madrugada para poder coger el sitio desde el que tomar las mejores imágenes de la pareja—, mientras el público se fue congregando según se acercaba la hora del enlace para saludar a los invitados, a pesar del calor, con temperaturas superiores a los 30 grados. Por cierto, la Casa de Alba invitó a los periodistas que cubrían la información a unas pizzas y a bebidas, e hizo extensible la invitación al público congregado frente a Dueñas.
Alfonso Díez llegó al palacio sevillano sobre las 12.45 horas acompañado en el mismo coche por la madrina y gran amiga de la Duquesa, Carmen Tello, quien también iba vestida por los modistos Victorio y Lucchino, quienes asistieron al enlace.
Unos minutos después aparecieron el torero Cayetano Rivera y su novia, la modelo Eva González, que fueron de los pocos que descendieron del coche para saludar y los más ovacionados por el público con gritos de "torero" y "guapo", igual que el hermano del primero y exyerno de la novia, Francisco Rivera, que asistió solo.
De forma escalonada fueron entrando coches en los que viajaban familiares del novio, así como varias exparejas de los hijos de la Duquesa, entre ellas María de Hohenhole, exmujer de Alfonso Martínez de Irujo, y Genoveva Casanova, exesposa de Cayetano. También asistió María Eugenia Fernández de Castro, exmujer de Jacobo Martínez de Irujo, una de las ausencias más destacadas del enlace.
También asistieron representantes de la Hermandad del Cristo de los Gitanos de Sevilla, por el que la Duquesa siente una devoción confesada en numerosas ocasiones. Durante la celebración de la boda, en el exterior del Palacio de las Dueñas, el público esperaba al son de una salve rociera interpretada por un coro parroquial que también había compuesto unas sevillanas dedicadas a Cayetana de Alba.
Los invitados abandonaron el Palacio de las Dueñas a partir de las 17.00 horas. Había terminado la fiesta, había nacido un matrimonio, una pareja por la que muchos no apostaban pero por la que sí apostó, contra viento y marea, la duquesa de Alba, una grande de España.

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