07 de septiembre de 2012
07.09.2012
Reportaje

Islandia, el paraíso de las mujeres

El país nórdico ha sido calificado como el mejor país del mundo para ser mujer

11.09.2012 | 19:35
Un grupo de mujeres islandesas.

Islandia es un país donde un consultor de marketing puede presentarse a una entrevista sobre el descalabro financiero con un maletín en la mano izquierda y un bebé de siete meses en la derecha. "Mi mujer es profesora y ya ha vuelto al trabajo, ahora me ocupo yo del pequeño", explica con suma naturalidad el padre treintañero, y sigue hablando del desplome de la corona y la quiebra de los bancos mientras mece a su hijo.

Los padres islandeses tienen derecho a tres meses intransferibles de baja, además de los tres meses para la madre y otros tres a repartir entre ambos. Desde que la ley entró en vigor hace nueve años, ha sido un éxito: en el 2009 se beneficiaron más del 85% de los padres. "Personalmente, es muy gratificante. Estableces una relación más cercana con tus hijos, te implicas en su educación desde pequeños. Los hombres también ganamos –dice Olafur Stephensen, a quien ser director del diario Fréttabladid, el primero del país, no le ha impedido acogerse al permiso con dos hijos–. Permite una división más igualitaria del trabajo del hogar, prerrequisito para la igualdad en el mercado laboral. El objetivo es que los hombres sean como las mujeres a la hora de ausentarse del trabajo. No sólo los primeros meses de vida de un hijo, también cuando enferma o para salir pronto para recogerlos en el colegio. Si no, es un círculo vicioso".

El permiso de paternidad –introducido por un gobierno conservador– es uno de los motivos, aunque no el único, de que Islandia, una isla de hielo y fuego con 320.000 habitantes, lleve tres años liderando el ranking de igualdad de género del Foro Económico Mundial o de que la revista Newsweek lo haya proclamado el "mejor país del mundo para ser mujer", después de examinar educación, sanidad, economía, justicia y, sobre todo, política.

La matrícula de honor, incluso frente a los vecinos escandinavos, se la lleva en participación femenina en política. Las mujeres representan el 43% en el Parlamento y el 40% en los gobiernos municipales.

Han caído muchos pilares en la Islandia posdesastre financiero del 2008, el shock que llevó al país a reescribir la Constitución y a juzgar a sus gobernantes. El feminismo, sin embargo, se ha robustecido.

El Gobierno –una coalición de socialdemócratas e izquierda ecologista– está liderado por Jóhanna Sigurdardóttir, lesbiana declarada, que dirige un gabinete paritario. En sus tres años de existencia ha aprobado un sinfín de leyes feministas. Ha ilegalizado la compra de servicios sexuales (como en Suecia y Noruega, para castigar al cliente y no a la prostituta) y la publicidad o el lucro de la prostitución.

La fuerza del movimiento feminista en Islandia es extraordinaria, sobre todo contemplada desde el Mediterráneo. Algunas teorías apuntan que la mujer islandesa tiene una independencia y una autoconfianza innatas, forjadas durante siglos y siglos en los que los hombres pasaban largas temporadas en el mar mientras ellas tomaban las riendas en tierra. También en el interior de la isla, en una sociedad campesina que tenía que doblegar una naturaleza implacable, el trabajo femenino era fundamental. Pero no fue hasta los años 70 del pasado siglo, con la transformación de esta sociedad pobre de campesinos y pescadores en un país desarrollado y moderno, cuando emergió el feminismo.

La brecha salarial es un asunto más complejo. Sus causas son difíciles de identificar. Por ejemplo, los hombres alargan sus jornadas laborales y reclaman antes aumentos o ascensos. El Gobierno de Sigurdardóttir, exministra de Asuntos Sociales y con especial sensibilidad para la cuestiones de género, ha hecho de la igualdad salarial una de sus prioridades. Ha designado un comité especial que elabora unos criterios que deberán ser observados por las empresas. Y la posibilidad de multar a las que no los respeten está encima de la mesa. "Algunos países ya lo están haciendo y está funcionando, es algo que tomar en consideración", señala Kristín Ástgeirsdóttir, jefa del Centro para la Igualdad de Género.

Otra medida destinada a recortar la brecha es la cuota femenina en los consejos de administración del sector privado, sin duda la ley más polémica. "Lo hemos intentado todo para evitarla, pero cuando después de tantos años nada se mueve, te das cuenta de que a veces hay que forzar los cambios", dice Ástgeirsdóttir. El 90% de los directores ejecutivos, gerentes y miembros de los consejos de administración de las grandes empresas son hombres. "Al principio, hubo una oposición enorme de los empresarios –señala–. Pero han cambiado el tono, están aceptando que era una medida necesaria, incluso que les puede beneficiar. Lo demuestra la experiencia noruega: las empresas con dirección paritaria mejoran su imagen, el ambiente laboral y hasta aumentan sus beneficios económicos. Es difícil de comprender por qué algunos empresarios siguen siendo tan reacios, por qué quieren preservar su club de chicos".

La referencia al "club de chicos" se escucha por todas partes en la nueva Islandia surgida tras la crisis financiera del 2008, cuando el país se acostó creyéndose un milagro capitalista y desayunó con los tres bancos nacionalizados, una deuda diez veces superior al PIB nacional y los ahorros de miles de familias desvanecidos. El shock fue tan tremendo que los islandeses emprendieron un implacable examen de conciencia colectivo, que no sólo les ha llevado a echar al gobierno conservador tras 17 años consecutivos en el poder o a sentar en el banquillo a los responsables de la crisis, sino también a cuestionar los cimientos de su cultura.

La catarsis alcanza también una dimensión de género. Si durante los años eufóricos del boom el país entero celebraba el arrojo de sus jóvenes banqueros, que se lanzaban a conquistar el mundo como antaño lo hicieron los vikingos, muchas voces reivindican ahora que los valores hipermasculinos condujeron a la bancarrota y llaman a una refeminización de la economía. "El país se fue a pique, entre otros motivos, porque los consejos de administración de las empresas estaban copados por un grupo cerrado de hombres jóvenes y osados, educados en las mismas universidades, salidos de los mismos ambientes. Esta homogeneidad fue muy nociva para nuestra economía", señala el director de diario Olafur Stephensen.

No es casualidad que el primer gobierno después de la crisis esté liderado por una mujer y sea el más feminista de la historia de Islandia. Por primera vez una mujer preside un banco, el nuevo Islandsbanki. Y hay iniciativas sorprendentes, como Audur Capital, cofundado por la exdirectora de la Cámara de Comercio, un fondo de capital riesgo que reivindica "la incorporación en el mundo financiero de valores femeninos" como "conciencia de riesgo", "capital emocional" o "beneficios con principios". "Todo esto de los valores masculinos me parece una verdadera sandez. Es un análisis que ha calado sin argumentación", exclama Sigrídur Andersen, abogada de 40 años y vicediputada del conservador Partido de la Independencia. "¡Había mujeres en el sector financiero, de hecho había muchas, y en todo caso la causa del desastre fueron las malas decisiones y no la falta de perspectiva femenina!", añade. Como muchas conservadoras, no se siente representada por el discurso feminista de Islandia, al que acusa de hacer "prevalecer los supuestos derechos de las mujeres como si fueran exclusivos y dejar de lado los derechos individuales".

Otra voz muy crítica con el feminismo es la de Davíd Thorláksson, de 31 años y presidente de las juventudes del partido conservador. "Un informe de Newsweek demuestra que en Islandia ya no hay discriminación de género. Y hemos logrado ser el mejor país del mundo para ser mujer sin tener que recurrir a prohibiciones o a la interferencia del Estado", afirma. ¿Quiere decir que las feministas han ido demasiado lejos? "Sí, es momento de parar, porque no se puede utilizar la discriminación del pasado para justificar nuevas discriminaciones, a mujeres o a hombres", dice.

A Hildur Knùtsdòttir, de 27 años, le preocupa el "sexismo subyacente", que permea sin ser percibido. Es autora de un blog de moda paródico, en el que escribe por medio de un álter ego –anoréxica, materialista y furibunda antifeminista– que encarna todo aquello que quiere combatir. Uno de sus apuntes se titula "14 formas de perder peso", y entre las recomendaciones se encuentra "come siempre desnuda delante del espejo" o "no comas proteínas, porque desarrollan músculo y los músculos parecen grasa si los miras de cerca". En otro, afirma: "Se han realizado numerosos estudios para averiguar por qué las feministas necesitan llamar tanto la atención, y todos los investigadores han llegado a la misma conclusión: la razón es simplemente porque nadie quiere follárselas". "Islandia quizás es perfecta sobre el papel, pero la realidad es otra cosa –dice Knùtsdòttir–. La discriminación salarial está prohibida, pero muchas mujeres cobran menos sólo porque lo son. También es ilegal violar, o maltratar, pero sigue ocurriendo. No podemos dejar de luchar".





La isla es pionera en participación femenina en política: en 1980, una madre soltera fue elegida jefa de Estado; hoy, son mujeres la jefa del Gobierno y el 43% de los parlamentarios


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